NOSOTROS

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domingo, 14 de mayo de 2017

El mendigo que nunca lo fué.



Viajar es una aventura, un buen estímulo si lo que se busca es descubrir nuevos lugares, otras culturas, meditar sobre todo lo experimentado, intentar ser empático con todo lo nuevo que nos rodea y tener la humildad suficiente para reconocer que el lugar donde uno vive habitualmente no es un mal lugar.
O al menos eso es lo que nos parece a nosotros, o lo que nos quieren hacer ver. Justo exactamente lo mismo que puede pensar un forastero al llegar por primera vez a nuestra ciudad o a la zona donde vivamos, realmente dá igual que sea una capital de provincias o una campiña aislada y mal comunicada.

Cuando el ideal viajero se nos reduce a ver fotos o videos donde hemos estado porque la economía se nos está indigestando y sabes que pasará mucho tiempo antes de repetir una nueva aventura, la palabra ''viaje'' se reduce a conducir a diario camino al trabajo, volver, salir de compras y algún domingo extraordinario y tirando la casa por la ventana, haces una locura y te vas al pueblo de al lado a comer a un bar.

Juan era un policía jubilado antes de tiempo por una ''lesión'' en el hombro y rodilla izquierdos que le dejó impedido para realizar funciones operativas de alto riesgo y aunque le ofrecieron la posibilidad de seguir con ellos en labores administrativas, declinó la proposición, alegando que no se encontraba en su mejor momento emocional para hacer ningún tipo de actividad profesional.

Mientras hacía sus ejercicios de rehabilitación en la mútua y tras haber pasado más de un año entre quirófanos, Juan pudo ir recobrando su vida normal, ya se sentía alguien ''útil'', alguien que empezaba a sentirse orgulloso de haber luchado contra todos los horrores de la vida y había podido vivir para contarlo, como suele decirse.

Una madrugada estando de servicio, llamaron a varias unidades para ir urgentes a un almacén del extrarradio de su ciudad donde habían detectado movimiento de personas en actitud sospechosa y ''al parecer'' algunas iban armadas. Todo fue muy rápido: la llegada, la entrada al almacén, focos, gritos, advertencias, disparos, confusión y despertar dos días después en la Uci del hospital tras haber sido intervenido en dos ocasiones distintas para extraer de su cuerpo siete cuerpos metálicos procedentes ''al parecer'' de un arma de fuego.
El ''presunto'' salió libre a los dos años al no constarle ningún tipo de antecedentes. Ni siquiera administrativos. Nada, ni una multa por mal estacionamiento. Libre. En plenitud de facultades.

Dicen los que saben de esto, que el primer objetivo al entrar en la cárcel es prepararlo todo para no volver nunca más: pensar, planear, intentar readaptarse, camuflarse entre algo nuevo o viejo, según la actitud.

Juan no sólo se recuperaba de la movilidad que había perdido, también había perdido el divorcio y le tocó quedarse con el coche. De eso también se estaba recuperando, pudo acceder a una vivienda de alquiler cuyo interior se podría considerar aceptable, pero no restaba dignidad.
Más bien estaba floreciendo, ya que desde hace unos meses convive con su nuevo amor, que al igual que en una comedia romántica de Hollywood. todo empezó cuando una mañana quiso entrar a tomar un café y al intentar abrir la puerta para entrar al bar, ésta se abrió violentamente con un fuerte golpe y a continuación salió literalmente volando como en los saltos de esquí una mujer gritando.
En un acto reflejo, nuestro amigo bajó su centro de gravedad como si fuera Iker Casillas y paró el penalti como en la final de la Champions.

Hablaban de viajar. Ella nunca pudo salir de su barrio y él ya se había pateado medio país y parte del extranjero. Le hablaba de las maravillas verdes y frondosas del norte, con mares de mucho respeto y de la eterna primavera que baña el Mediterráneo por las zonas del sur y ella sólo podía imaginar con su mente desde los ojos de él.
De momento sus viajes eran con Juan al volante del utilitario para llevarla a ella al trabajo y después recogerla y de vuelta a casa, a comprar o simplemente dar una vuelta por ahí.

Junio empezaba fuerte, con altas temperaturas y vientos cálidos de levante, la gente llevaba semanas permaneciendo en la calle hasta media noche disfrutando del fresquito y también empezaban a pulular ciertos personajes de la vida callejera, charlatanes, limpiacristales, familias de pedidores de limosna y solitarios. Sobre estos últimos se percató Juan una tarde de vuelta a casa en el coche con su pareja cuando llegaron al último stop de la avenida antes de entrar al barrio donde vivían.
Ella siempre le decía que no llevaba bien ver indigentes, que se le caía el alma al suelo y le gustaría ayudarles y Juan le contaba siempre un montón de historias con la intención de hacerle ver otras cosas, con otro prisma.

Es difícil endurecer un corazón bondadoso.




El tipo caminaba encorvado, casi arrastrando los pies por aquella isleta de tierra de unos treinta metros de largo por dos de ancho ubicada en el cruce entre dos avenidas reguladas por semáforos. Tenía el pelo largo, casi canoso, desbrozado y áspero. La cara oscura por el sol, los años y la vida se adivinaban entre lo poco que dejaba ver esa barba larga y desaliñada a juego con el vestuario, sufrido y sucio. La mirada perdida en el suelo, fijada apenas un poco por delante de sus pasos y en la mano derecha un cubilete de cartón de esos de los de comida rápida que mostraba en la mano.
Cada año venía alguien y se adueñaba de esa zona y pasado el mes de agosto desaparecía, pero en esta ocasión, a Juan le llegó una alarma al cerebro, un click le hizo sentir como en su época en activo.

Mientras el semáforo volvía a su color verde, pudo observarlo detenidamente de arriba a bajo, intentando encontrar algún rasgo, movimiento, lunar o tatuaje que lo pudiera identificar, pero no encontraba nada.
No se le iba de la cabeza aquel tipo del semáforo, no le resultaba desconocido, aunque tampoco tenía con quien relacionarlo.

En julio ya estaba instaurado el verano de pleno en la ciudad y las horas del día eran insufribles en la calle, pero el mendigo llegaba allí a primera hora y se quedaba todo el día. Se comportaba con discreción, no molestaba a nadie, nadie reparaba en él y nadie le veía llegar ni marcharse.
Algunos días y según el trabajo de ella, paraban en el cruce hasta cuatro veces y ya era más comentado el mendigo que los planes para ellos ese día.

Así pasó también el mes de agosto, más fuerte de calor que el anterior y la misma historia diaria en aquél cruce que se estaba convirtiendo en una obsesión, a veces pensaba que podría ser alguien relacionado con el tiroteo, pero no le dió tiempo a reconocer a nadie entre el tiroteo y los fogonazos de luz.

-qué pena me sigue dando este hombre, parece un zombie.
-no lo mires y no le vayas a dar nada
-me gustaría que estuviera en una casa, viviendo tranquilo
-ya verás como cuando llegue septiembre, desaparece. a saber donde irá.

Llegó septiembre, la mayoría de gente volvió de las vacaciones a su rutina y el mendigo desapareció igual que llegó: sin que nadie lo viera. Ahora el cruce estaba vacío y la gente cruzaba por allí y nadie hablaba sobre el tipo ése que pedía limosna.

A base de limosnas y estrecheces sacadas a la pensión de él y a la nómina de media jornada de ella, habían podido ir apartando cada mes una pequeña cantidad de dinero para celebrar el aniversario de su primera y accidentada vez que se conocieron y el lugar sería en el asador de un conocido suyo de su época policial. Un local con cierto carisma y un toque de distinción.
Ya habían estado anteriormente allí y les gustaba sentarse en una mesa pequeña que había frente a la barra. En esta ocasión se sentaron en un apartado que estaba un poco más alto que el comedor y podían ver todo el local desde allí.

Casi todas las mesas estaban ocupadas y en la barra había dos parejas hablando animadamente mientras tapeaban y tomaban vinos y un señor solitario a unos pocos metros. No parecía estar esperando a nadie, no levantaba la vista de la tabla de quesos e ibéricos que estaba  saboreando. Era un tipo de complexión delgada, piel morena por el sol, pelo liso, moreno peinado hacia atrás y una barba recortada y bien perfilada. Del cuello le colgaba un cordón de oro en forma de cuerda rizada, se adivinaba recio, pesado.

De nuevo el click hizo acto de presencia y las mismas sensaciones abordaron a Juan. Por un segundo pensó en decirle a ella lo que estaba viendo para que se desengañara de una vez por todas, pero optó por levantarse con la excusa de ir al baño.
Se movió suavemente, sin gestos enérgicos y caminando con suavidad se fue acercando al individuo solitario del cordón de oro y que estaba disfrutando de un menú que él no se podía permitir. Pero no se detuvo ante él, siguió hacia la puerta entrando en la cocina por el lateral del asador.

-ocurre algo, Juan? algún problema con el servicio?
-de eso quería hablarte, los domingos no te vendría mal un ayudante para la barra..
-pero qué dices, no ves que la cosa está floja?
-mira, vendrá un profesional todos los fines de semana a trabajar.
-oye, no estoy para extras, apenas saco para pagar e ir tirando, como broma no está mal, pero..
-no te va a costar dinero, te dije que es un profesional y no te va a dar problemas.
-esto no me está gustando, Juan.
-a mí tampoco, pero me debes algún favor y repito: cuando termine su trabajo, se irá pero antes lo dejará todo bien limpio, sin rastro alguno de suciedad.



Mantengo humildes mis orejas.

jueves, 11 de mayo de 2017

El Sótano





Ya llegan, son ellos. Siento como el sudor se me introduce en los ojos, me arden, lo soporto; también el dolor en el pecho. El corazón martillea sobre el yunque de las costillas, es un loco que quiere derribar los muros de su celda acolchada.

Escucho el rechinar de sus botas sobre el suelo. No puedo verlos pero no están lejos. Quizás ellos ya me hayan localizado, quizás sólo están demorando nuestro encuentro como si fueran unos gatos que se deleitaran, jugando con el sufrimiento de su presa.

Exhalo el aire intentando no hacer ruido. Apenas separo los labios, doy pequeños soplos, nerviosos, rápidos, igual que si fuera un pez agonizante fuera del agua.

Han encendido la luz. ¡No! Esto es el final, no puedo permanecer oculto por más tiempo, mi sombra será la delatora. Las cajas ya no me servirán de escondrijo. Tengo que enfrentarme a ellos, aunque sé que será inútil, pero es la única alternativa, no me queda otra opción. Vender cara mi captura o al menos intentarlo.

Aprieto los puños con todas mis fuerzas y los dientes, hasta sentir como una muela cariada se deshace en pedazos, llenándome la boca de arena que chirría igual que la de debajo de sus botas. No sé cuántos son. Tres tal vez, no menos de dos.

Salto de detrás de los cajones de madera armado sólo con mi escaso valor. Son dos, altos, fuertes y rubios, lo he sorprendido, pero están entrenados. El factor sorpresa solo ha dado unos milisegundos de ventaja, que no he sabido aprovechar. Lanzo un puñetazo al primero, que golpea el aire al ser esquivado y hace que pierda el equilibrio. El segundo me golpea en la espalda, formando una maza con sus manos, mi columna cruje y el dolor me deja sin respiración. Apenas si consigo no caerme. No me giro, volver a encararme a ellos es una locura, trago saliva e intento huir. Los escalones no están lejos. Antes de que pueda pensarlo siento como un pie enfundado en una bota con puntera de acero me golpea como un ariete. El suelo se precipita hacia mí inexorablemente. El dolor es lo de menos, es el pánico lo que se ha apoderado de mí.

Mi estúpido e infantil intento de fuga acaba de terminar. Uno me levanta del suelo como un fardo, no me resisto. Uno me sujeta, agarrándome por la espalda e inmovilizándome los brazos, el otro me golpea el abdomen con unos puños que parecen de hierro. Me doblo y comienzo a vomitar. Ahora los puñetazos van al rostro. Me han obligado a erguirme tirándome del pelo. Mi nariz cruje y empieza a chorrear sangre. Casi no veo llegar los golpes, que se suceden a la velocidad del rayo, la hinchazón de los ojos me lo impide.

El hombre que me golpea resuella, por un momento cesan los golpes. No me derrumbo porque su compañero sigue sosteniéndome. Los segundos pasan y mientras espero más golpes, una idea absurda entra en mi mente.

Alzo el pie derecho y lo dejo caer con todas las fuerzas que me quedan, a medio camino del pisotón recuerdo las punteras de acero, es demasiado tarde. Es como pisar una piedra. El calambrazo me recorre desde el puente del pie hasta la nuca. El captor aprieta su cepo y sisea entre dientes una burla, como si fuera una hiena. Entonces doy un violento cabezazo hacia atrás. Esta segunda maniobra lo pilla desprevenido. Le he roto la nariz. Es el tanto del honor en este combate tan desigual. La presa de sus brazos se afloja por un instante y antes de que su compañero pueda reaccionar me zafo y lo empujo contra él.

He puesto dos metros entre ellos y yo. Puede que sea mi última oportunidad para escapar; si vuelven a capturarme no dejarán que les sorprenda de nuevo.

Subo las escaleras de tres zancadas, notando su aliento enfurecido justo detrás de mí. Me gritan como perros rabiosos que persiguen a un jabalí herido. Tengo el tiempo justo para cerrar la puerta del sótano. El pestillo es ridículo, no tardará en saltar por los aires. No hay tiempo, no lo tengo, solo puedo huir, correr.


FIN?

sábado, 29 de abril de 2017

GALLETAS



GALLETAS


‒ Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

La tienda era acogedora, con estanterías rebosantes de productos, latas extranjeras con etiquetas brillantes, paquetes de dulces que jamás había probado pero que lo le importaría catar. La mujer del mostrador, se dirigía a él con una sonrisa profesional en los labios. Rubia y guapa, no de esa guapura arrebatadora de las actrices de Hollywood, sino de esa belleza tranquila que da la madurez y la seguridad de estar donde se quiere, haciendo lo que quieres.

‒ Hola, buenos días. Perdone, solo quería hacerle una pregunta. Venía buscando una dirección y creo que me he perdido.

La sonrisa de la dependienta se torció unos grados. No era un cliente, así y todo, la sonrisa no desapareció del todo. Las tiendas no sólo vendían productos, también a veces funcionaban como confesionarios, mentideros e incluso como oficinas de información. Como decían las abuelas; “los colmados siempre habían hecho el papel que hacían las tabernas pero para las mujeres”. Claro que los tiempos habían cambiado.

‒ Pues, dígame ‒ contestó.

‒ Buscaba la casa de un amigo de la infancia. Me he quedado sin batería en el móvil y creo que la calle debe estar por aquí cerca. Voy a la calle Peña Alta número 38. ¿Sabría por dónde cae?

‒ Sí, claro está dos bocacalles más adelante, después de cruzar una plazoleta. No hay pérdida.

‒ Pues muchas gracias.

Algo brilló en el mostrador de madera pulida que se interponía entre ellos. Un rayo de luz caprichoso, había rebotado en la bandeja con galletas de chocolate, que descansaba sobre él y luego viajó hasta sus pupilas donde se clavó obligándole a fijarse en ellas.

‒ ¿Quiere probar una? Son casi gratis. Ofreció la mujer.

‒ ¿Casi gratis? Jaja. ¿Qué quiere decir con casi gratis?

Aquel comentario le había pillado desprevenido. Evidentemente aquellas galletas estaban allí, para que lo clientes las probaran, para que después de comprobar lo deliciosas que parecían estar, gastaran su dinero en ellas. Seguramente sólo sería una broma, un chascarrillo, como si le estuviera diciendo:” Cuidado, si pruebas una no podrás evitar comprar una bolsa”

‒ Mi obligación es advertir a los clientes. Nada es realmente gratis en este mundo ‒ Concluyó con un tono neutro y falto de cualquier emoción.

Al final la guapa dependienta iba a resultar una graciosilla pedante. De repente se le habían quitado las ganas de probar las galletas. Así que sí, sí le iba a salir gratis, completamente gratis la consulta. Si hubiera visto a alguien por la calle le hubiera preguntado, pero no había ni un alma, por eso entró y ahora había llegado el momento de salir.

‒ No gracias, no me apetecen. Muchas gracias y buenos días otra vez.

‒ Gracias por su visita, le estaré esperando, no tarde en volver.

¿Tardar en volver? No creo que vuelva a pasar por este lugar en mi vida. Iré a visitar a Ramón y luego me iré,​ y si volvemos a quedar, desde luego no creo que lo hagamos en este barrio perdido de la mano de Dios, y desde luego no entraré más en esta tienda, donde los dependientes advierten a los clientes con acertijos misteriosos.

Madrid le recibió de nuevo con la neblina matutina, que se empeñaba en no desaparecer, y eso que ya estaba bien entrada la mañana. En un acto reflejo, sacó el móvil del bolsillo. Vio su reflejo bobo devuelto por el cristal negro de la pantalla. Había olvidado que no tenía batería. Guardó el pedazo de tecnología inútil en el bolsillo con resignación, y consultó el reloj de pulsera. Las agujas indicaban una hora imposible, porque no podían ser las doce del mediodía y mucho menos medianoche. Golpeó la esfera con el índice y el corazón de la otra mano, como si de alguna manera mágica, esos toquecitos fueran a corregir el mal funcionamiento del cronógrafo de 500€. El segundero seguía dando saltitos, así que no debía ser cosa de la pila. Bueno, pues al parecer se iba a quedar sin saber qué hora era exactamente, pero no podían ser mucho más de las diez y media. De cualquier forma tampoco importaba demasiado. Así que se encaminó hacia la dirección de su viejo amigo Ramón. Calle de Peña Alta 38, dos bocacalles más allá de después de atravesar una plazuela. Esas habían sido las indicaciones de la dependienta, no había pérdida.

La plazuela, era poco más que unos pocos bancos de hierro, que habían olvidado la última vez que recibieron una mano de pintura, y un pequeño parterre circular con rosales mustios. Las palomas picoteaban el suelo lleno de basura y hojas muertas de los plátanos de sombra, que circundaban el conjunto. Los árboles, de ramas nudosas y prácticamente desnudas, recordaban a los brazos de una bestia sepultada bajo el piso, con los dedos de las manos crispados, en un rigor mortis eterno, intentando desesperadamente aferrarse a algo. Como el resto de la calle, estaba vacía, nadie, ni siquiera un abuelete observando las palomas. Aunque con esta niebla, tampoco es que apeteciera estar allí, sentado en un banco rumiento, mirando a esas ratas con alas hurgar entre la hojarasca.

La verdad, Ramón había elegido un lugar horrible para vivir.

Pero a lo mejor estaba siendo demasiado duro. Hacía más de media vida que no sabía de su amigo. No sabía cómo le había tratado la vida, de hecho cuando recibió aquella llamada se llevó una tremenda sorpresa. ¡Ramón!, su amigo de la infancia Ramón, le llamaba después de treintaitantos años. Aquel chaval de orejas de soplillo y ojos hundidos con el que había compartido tantas horas de juegos y aventuras. Luego de cruzar saludos, quedaron para verse y ponerse al día. Tenían toda una vida que contarse.

La segunda bocacalle ya había quedado atrás. Aunque llamar calle a eso era ser muy generoso. Después de cruzar la plaza, la calle se había estrechado aún más. Apenas si cabía un turismo y las aceras quedaron reducidas a medio metro de baldosas parcheadas. El asfalto había desaparecido sustituido por adoquines. Ahora a parte de no haber ni un alma, tampoco había coches.

A lo mejor no era buena idea pasear por estos lares. No hacía falta tener demasiada imaginación, para imaginar que en el próximo recodo surgiría un yonki con una navaja y mirada perdida reclamando la bolsa o la vida. Afortunadamente no apareció ni el yonki, ni nadie más.

Unos metros más adelante, vio la chapa con el nombre de la calle. Lucía sobre la fachada de ladrillos rojos de un edificio a tres metros y medio del suelo. Calle de Peña Alta en letras blancas sobre fondo azul. Estaba descascarillada y el óxido había empezado a medrar en ella. Ahora sólo quedaba localizar el número 38. Tenía ganas de llegar de una vez. El paseo por aquellas calles, era de todo menos agradable, además la humedad de la pertinaz niebla le estaba calando y su artrosis precoz, no tardaría en morderle alguna articulación.

Torció a la derecha buscando​ algún portal para poder saber a qué altura de la calle estaba. La niebla impedía ver mucho más allá de diez metros, era imposible calcular la longitud de la calle. Se hallaba a la altura del número 11. ‒ Bien, el 38 debía estar en la acera contraria ‒. Cruzó de tres zancadas a la de los pares.

12, el número del portal de justo enfrente del número 11 de la calle de Peña Alta, era el 12. Así que solo le separaban del 38, 13 números, poco más de 100 metros y llegaría.

Los edificios que flanqueaban la calleja, eran una mezcla de fincas de dos alturas, viejas, en su mayoría ruinosas. Seguramente habitadas por ancianos tozudos, que se negaban a abandonarlas, intercalados con pisos más altos, de aspecto barato, que habían ido ocupando los solares de las casas de esos mismos ancianos tozudos, a los que la vida les había rescindido el contrato de alquiler.

32, 34, 36. El siguiente portal era el de su amigo. La calle se vio interrumpida por otra que la cortaba perpendicularmente. Miró a un lado y a otro escudriñando en la niebla, que parecía haberse espesado por un momento. La visión se había visto mermada aún más y ya no le alcanzaba más allá de par o tres metros. No se oía ningún ruido de motor, así que atravesó la calle. Sería gracioso que le atropellara el único coche de aquellas calles desiertas.

Casi como un ciclista que se sabe vencedor en solitario, aflojó el paso y se dispuso a contemplar el número sobre el dintel del siguiente portal “38”.

2. Primero pensó que la chapa metálica estaría despostillada, que el número se habría borrado y que la corrosión había transformado el 8 en un 2, o que la neblina le estaba jugando una mala pasada. Pero no, no había ningún margen de error posible, en aquel pedacito de metal no había habido nunca ningún número más, que no hubiese sido un único y solitario 2. Retrocedió hasta el cruce de la calle, para comprobar estupefacto cómo a partir de ese punto, ese tramo de calle recibía otro nombre. La chapa azul con las letras en blanco lo indicaba claramente. Peña Rubia. La calle Peña Alta moría justo antes de aquella intersección, su último número era el número 36. El número 38 simplemente no existía. Debía haber algún error. Él había anotado la dirección, la tomó directamente del dictado de su amigo Ramón. Pensó en llamarle, automáticamente desechó la idea, no tenía batería. ‒ ¡Maldición! ‒ Masculló.

Se encontraba en un punto muerto. Miraba hacia un lado de la calle, y luego hacia el otro, como si la solución fuera a aparecer por sí sola por entre la niebla. En realidad sólo era un reflejo de la de impotencia que le atenazaba. Volvió a consultar el reloj en otro tic impotente. Seguía marcando las doce a pesar de que el segundero continuaba girando.

Estaba resultando una mañana de locos. - Cuando las cosas se tuercen, a veces es mejor no insistir- murmuró y continuó. -- Llamaré a Ramón y quedaremos otro día y en otro lugar. Debí tomar mal la dirección, no hay otra explicación. Quizás fuera 28 y no 38...‒ ¡Qué más da!‒

No era un hombre de manías, aunque sí se reconocía tener al menos una. Odiaba algo sobre todas las cosas “andar hacia atrás”. Es decir, siempre que fuera posible, prefería bajarse del autobús una parada antes de su destino, que una parada después y desandar el camino, aunque fuera más corto y estuviera lloviendo a mares; otra de las variantes de “andar para atrás” era volver por el mismo camino, por el que hubiera llegado.. Por eso, la idea de desandar todo el camino, que le había traído hasta aquí no era una opción a valorar. Puede que se hubiera despistado un poco en aquel barrio lúgubre y neblinoso, pero tenía bastante sentido de la orientación. Seguiría por Peña Rubia, tarde o temprano debería desembocar en una calle más ancha por la que pasará algún autobús o algún taxis.

La calle seguía, los portales se sucedían igual que un catálogo bizarro de bocas desdentadas, oscuras y huecas. Las miraba de reojo con cierta desconfianza al pasar. Esas calles habían pasado de feas y desagradables a simplemente hostiles. No sabría explicarlo pero se había apoderado de él una extraña sensación. De repente tenía la imperiosa necesidad de salir de allí, de alejarse de ese barrio envuelto en aquella niebla tan espesa que casi se podía masticar. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, desde la nunca hasta el coxis. Apretó el paso. Llevaba más de cinco minutos andando por Peña Rubia y aún no se había topado con ninguna otra calle que la cortara o que naciese de ella, sólo avanzaba y avanzaba en línea recta, como una autopista en el desierto, sólo que aquella autopista, era una calleja de un barrio lleno de casas y las casas, llenas de ventanas. Entonces es cuando sintió el peso de la mirada de cientos de ojos lechosos, cuajados de legañas, llorosos, exprimidos por incontables horas de guardia atenta y obsesiva. Los ancianos tozudos le debían de estar observando desde detrás de aquellas ventanas tan turbias como sus ojos, se deleitaban viéndolo errar igual que un cabritillo perdido en el monte, con morbo insano, porque aquellos espectadores, aquellas gárgolas de carne medio muerta sabían que el lobo no andaba lejos. Esa sola reflexión le hizo acelerar el paso y casi sin ser consciente de ello, cambió el paso apresurado por un trote mal disimulado.

Corría prácticamente a ciegas, apenas si veía donde pisaba. Las losas sueltas tableteaban bajo sus pies, amenazándolo con una torcedura. No podía dejar de acelerar, y ya corría con todas sus fuerzas. Una especie de pánico infantil se había apoderado de él, sentía aquellos cientos de ojos vidriosos pegados en su espalda y una presencia, un aliento gélido en la nuca, acechándolo.

No pudo verlo, la calle torcía abruptamente en ángulo recto. Lo primero en golpear contra la fachada fueron sus puños, acto seguido golpeó su rostro con el resto de su cuerpo detrás. El muro de ladrillos rojos pareció escupirle, como si fuera un fantasma novato intentando atravesar su primera pared. Cayó de espaldas conmocionado, con la frente y los puños descarnados. Notó mucho calor en la nariz, le quemaba y escocida al tiempo, también algo viscoso y cálido con el sabor de las monedas le bajaba por la garganta. El mundo pasó del blanco neblinoso a la nada negra.

‒ ¿Está bien?, ¿se encuentra bien? Señor, ¿está usted bien? ‒

La voz llegaba amortiguada, como si la escuchara a través de una cortina gruesa y pesada. Quería contestar, quería decir que sí, que estaba bien, que quería levantarse, que tenía que salir de allí. La voz era de mujer. Intentó abrir los ojos, despegar los párpados, que le pesaban como si se hubieran transformado en plomo. La luz penetró en ellos igual que un puñado de arena, escocía, dolía. Los colores eran agujas.

‒ Se ha desmayado, ya he llamado al 012. Una ambulancia viene de camino. No se mueva, no tardaran en llegar ‒

‒ ¿Qué...qué me ha...pasado? ‒

Mover la lengua para pronunciar aquellas palabras fue como mover un cadáver.

‒ Entró en mi tienda, me preguntó una dirección, luego se puso blanco como la cera y se desplomó de súbito. Debe de haberle dado alguna clase de lipotimia o algo así ‒

Aquellas palabras le aliviaron, como un bálsamo. Una de mueca, que recordaba a una sonrisa se le dibujó en el rostro.

‒ Me...me… me pone una bolsa de... galletas…. por... favor... ‒


FIN

jueves, 27 de abril de 2017

SECRETOS





SECRETOS


No me habléis de soledad, no me habléis de callar ni de silencio, pues nadie mejor que yo conoce esas palabras. Soledad, silencio, pues ese es el precio de los secretos. Hablar sólo como los locos.

Sí, sólo de solamente y no solo de soledad, que también. Sólo de solamente porque es verdad, hablo, me comunico con más personas, pero n o digo nada. No puedo contar aquello que quiero. Soltar este bozal que me cierra la boca. Solo de soledad porque hablo solo, me miro a los espejos improvisados que encuentro. Le hablo a los charcos, a los escaparates, e incluso a los espejos de verdad. En ellos encuentro algo de paz, porque en ellos reside mi secreto, ellos lo conocen y con ellos me puedo desahogar, sólo con ellos.

No me habléis de amigos. Los secretos son como peces, viscosos y resbaladizos, que pujan por escapar de la red donde se guardan. Os lo aseguro, no merece la pena perder un amigo por un pez huido, porque si es un verdadero secreto y consigue zafarse, no sería un verdadero amigo; que de esos hay muy pocos, y ya tengo bastantes sufrimientos guardando mis peces, como para tener también que sufrir el dolor de que los que pienso mis amigos, dejen de serlo o no lo sean en el grado que les suponía. Así que los amigos tampoco son un alivio.

Los secretos, son personales e intransferibles. La mejor forma de cargar con un secreto es olvidarlo, guardarlo en algún oscuro cajón de la mente y dejarlo allí. A lo mejor con el tiempo deja de serlo por sí solo o deja de tener el poder que mostros mismos le otorgamos. Nunca se sabe. Los secretos, a veces, no mueren, sino que se enquistan igual que esporas, como bacterias, como virus de una enfermedad crónica, esperando a que las condiciones mejoren, a que las defensas de su huésped bajen los brazos para resurgir. No, los secretos no son nuestros amigos. Son como una espada de Damocles apuntando al pecho, amenazándonos perpetuamente con su filo.

Así que lo mejor de los secretos es no tenerlos, sí definitivamente es mejor vivir sin ellos. Pero, ¡ay eso es imposible! Los secretos son la intimidad, lo que nos hace individuos, son lo que se guarda detrás de las puertas de nuestras casas.¿ Acaso no tenéis secretos? Entonces porqué bajáis las persianas, porqué no discutís en la calle, a la vista de todos. ¡Ah no! eso no son secretos ¡Y una mierda!

Eso también son secretos, pero son los vuestros y como a ladrones sorprendidos con las manos en la masa lo negareis todo. “No es lo que parece, te lo puedo explicar”

Sí, los secretos mas divertidos son los de otros, los que se descubren, no los propios. Siempre es más divertido el dolor ajeno. ¿Quién no se ríe ante una caída ajena? Sí, luego iréis a compadeceros y a prestar ayuda y todo eso. Pero la primera risa no os la quita nadie. Ese placer también es un secreto, sólo que es otro tipo de secreto, uno común, algo que todo el mundo tiene, pero de lo que no habla nadie.

Así que por eso, es mejor no enseñar los secretos, no dar pistas, de que los teméis o los buitres revoletearán por encima de vosotros, como invitados a un banquete, donde el horno todavía está frio. Pero lo más gracioso de todo, es que aún no sabréis, que vais a ser el plato principal, primero y el único de ese festín. Las mayores alimañas no tienen plumas ni pico, no vuelan, tienen dos patas como los buitres y los cuervos pero se hacen llamar personas

Secreto bonita palabra para no ser pronunciada nunca, porque si la nombras desaparece. 


 

sábado, 15 de abril de 2017

SANGRE #10




SANGRE #10






‒ Bien, bien siempre has sido una chica con suerte hermanita. Parece que la tuya se ha agotado. ¿Cómo dicen? Ah! sí, “A todo cerdo le llega su San Martín”. No sé si me estás escuchando, espero que sí, no quiero que te vayas al otro barrio con esta duda.

Tú eres la escritora de la familia, la artista, no seas dura conmigo. Yo soy más de hechos que de palabras, pero me esforzaré y te haré el mejor resumen que pueda:

El viejo se está muriendo, es un hecho, solo es cuestión de días, semanas tal vez. Te prometo que no tuve que ver nada ahí. También es mi padre y lo quiero, sólo he intervenido para que su camino sea lo más corto y fácil posible, no me gusta verlo sufrir.
Curiosamente su enfermedad, fue como una señal. Sí eso es, fue una llamada de atención. Ya sabes cómo es, siempre al pie del cañón, con mano de hierro. La idea de jubilación ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Sí, he sido su mano derecha durante los últimos años, o eso decía en las reuniones, pero todos sabemos que solo soy un apéndice, un chico de los recados con un buen sueldo, sin ninguna responsabilidad real. Todas las decisiones primero deben de pasar por él, debe dar su consentimiento antes, su aprobación. Y ahora de repente enferma, se siente viejo, débil y tiene miedo. Y yo su hijo mayor, su servidor más fiel, el que siempre ha estado a su lado, el que nunca le abandonó, se inclina a sus pies, una vez más, para relevarle, para asumir esa pesada carga que ya no puede llevar, para recibir por fin la confianza que merece, la oportunidad por la que tanto tiempo lleva luchando y qué encuentra. A un viejo temeroso de la muerte, que quiere poner sus asuntos en regla antes de morir. Sí es lo lógico todos tememos a la muerte y todos querremos dejar nuestros asuntos listos antes de partir al barrio de los quietos. Pero, ¡Ay maldito sea mil veces mil! El viejo tiene una espina clavada, una secreta, una que se le ha ido hincando a lo largo de toda su vida y que ahora en el umbral del panteón familiar quiere sacarse. Su niña pequeña, la hippie malcriada que se fue a la capital a vivir su vida, la que lo dejó y la que ahora, al olor de la carroña de su padre viene a picotear del festín, a aprovecharse de su pobre padre enfermo, a quitar a sus hermanos lo que han ganado por legítimo derecho. Y ¿qué hace papá? Pues como en el maldito pasaje bíblico del hijo pródigo, está dispuesto a sacrificar a su mejor cordero para dar una fiesta por la vuelta al redil del hijo perdido. En una estúpida representación donde quedará en paz consigo mismo, legando a su hijo extraviado todo su trabajo, dejando unas pocas migajas a los demás, a sus verdaderos hijos.
¡Pero NO!, querida y casi ya pútrida hermana, tú no tomarás ni un solo pedazo del pastel en el obituario de tu padre. Te voy a llevar junto a él, que es lo que realmente querías, ¿no? Un amor filial y completamente desinteresado y qué mejor que morir junto a él. Porque eso es lo que va a suceder.
Ah! se me olvidaba. Sí, lo de Luis fue una lástima, ya estaba muerto desde hace mucho, nadie lo echará de menos, ni su mujer, creo.
Bueno hermanita, pues prepárate, ya queda poco para que vayas junto a papá‒.

Sus palabras son como una bandada de cuervos, que revolotean sobre mí. Cada nueva palabra es una alimaña más que llega, una sombra negra de pico y garras afiladas. Cada una desciende, con su sonido lacerante para herirme, cada una escarba un poco más en la herida, ahondando en la carne recién abierta, deleitándose con mi sufrimiento impotente. Creo que estoy llorando, siento mis labios húmedos y salados y el asco infinito e impotente cuando siento los suyos basándose en la mejilla. No puedo mover un músculo, ojala pudiera hacerlo, lo agarraría y le clavaría las uñas en la cabeza y le mordería la cara como un perro rabioso. Pero no puedo hacer nada. Soy una estatua de sal y mi hermano, una lluvia cruel y despiadada, que disfruta deshaciéndome. Sólo puedo gritar, mi mente, yo, aquello que soy, lo que hay debajo de la cáscara de carne y huesos que me soporta, eso está gritando de dolor, un dolor total y absoluto, de un dolor que ninguna droga, puede calmar.

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Oigo como las suelas de sus mocasines italianos golpean el suelo de la habitación, se alejan. Un monitor ha empezado a pitar, le sigue otro. Algo negro se acerca, más negro que esas palabras que siguen resonando dentro de mí, que aún van reverberando igual que un eco malvado. Es una presencia, no está dentro de la habitación y lo está al mismo tiempo. Siento frío, tanto que duele. Es un viento oscuro que ha apagado el sol. Sigo con los ojos cerrados, no puedo ver nada, sólo que nada es una palabra absolutamente vacía de contenido, hueca comparada con la oscuridad que me acecha. Miedo, mucho miedo, porque esta oscuridad sólo puede ser la muerte que viene a buscarme.
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El agua me quema la nuca, se derrama como piedra fundida por la espalda, baja por la espalda siguiendo columna vertebral, luego sigue por las nalgas y me cae por las piernas hasta llegar a la loza del plato de ducha. Aguanto el calor, tengo la mano sobre el grifo, pero me niego a girarlo. La piel se enrojece, me estoy abrasando, lo soporto un segundo más hasta que me doy por vencido y de un manotazo cambio la maneta del monomando llevándola al color azul. El contraste de temperatura es brutal, los vasos sanguíneos se contraen dolorosamente y me provocan un espasmo. Aún temblando vuelvo a accionar el mando y coloco el termostato de la ducha en 35º. Levanto la cabeza, miro a la alcachofa, es una nube artificial de falso metal cromado, suspendida en un cielo de escayola pintada de blanco, diluvia sobre mí. Abro la boca y le muestro los colmillos que se han desplegado completamente. El agua cálida entra y amenaza con ahogarme, la retengo colocando la lengua a modo de esclusa, la dejo que me rebose la cavidad bucal. Siento como me limpia con su caricia templada y por un momento imagino que calidez es la sangre la que me anega la boca.
La escupo, saliendo de ese pequeño espacio de relax que me he regalado. No tengo demasiado tiempo, la directora de clínica me espera, seguro que tiene muchas cosas que contarme.

Aaah! Un rayo de dolor me atraviesa la cabeza de sien a sien. Me aferro al grifo para evitar la caída, todo me da vueltas. ¿Qué me sucede? Cierro los ojos como si eso me fuera a calmar. Con los párpados cerrados, una luz azul me ciega, es un dolor que rebota dentro de la cabeza, un rayo azul dentro de un invernadero de hueso. Entonces llega el verdadero azul, el verdadero dolor, sobrecargando todas mis neuronas. Es una señal, una emisión autoritaria. La estoy recibiendo, reclama todo el ancho de banda de mi mente, anegando todo como una ola gigante. Es la misma sensación que tuve aquella mañana, sólo que multiplicada por mil, lo comprendo.
 

Es Laura. No puedo desmayarme, tengo que soportarla, tengo que seguir a la ola azul, esperar a que se retire, abandonarme a su resaca porque me llevará hasta ella.
Efectivamente el dolor comienza a descender, comienzan a flaquear las fuerzas, estoy a punto de desfallecer, prácticamente de de rodillas, aferrado al grifo de la ducha como un alpinista se aferra a un saliente de roca para no caer al abismo. El pulso se hace más débil. Tengo que seguirla, establecer contacto.

‒‒ LauraaaaA! Grito a los azulejos. Las manos se han transformado en garras, pujan por clavarse en el metal. Jamás he salido de mí, tengo miedo, pero es la única solución, soy un vampiro. Mi abuelo lo podía hacer, yo debo por hacerlo también.

Ahora soy un madero a la deriva uno oscuro, una mota negra en un mar azul y desconocido. Un mar que aleja, que va desapareciendo, tragado por un desagüe, el ojo de un dios tuerto lo engulle.


Continuará...