NOSOTROS

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jueves, 29 de mayo de 2014

RESERVA #3 FINAL

 

El bosque volvió a quedar en silencio. Los destellos azules habían desaparecido tras un nubecilla de polvo que se balanceaba sobre el aire gélido como buscando donde volverse a posar.

Evidentemente la fuerzas de orden publico se estaban movilizando para buscar a un niño perdido en el bosque, al niño que Laura acaba de encontrar, a Pelayo. No había tiempo que perder, tenia que volver al coche allí estaba su móvil y con sólo una llamada todo volvería a la normalidad.

El pájaro volvió a intervenir (te lo advertí..). Maldito pajarraco, parecía que se burlara de ella con su canto siempre tan inoportuno u oportuno, según se mirara, claro.

Laura volvió a agacharse, después de salir de la cuneta, el jersey del crio parecía un acerico lleno de agujas de pino secas. El anorak que le venia muchas tallas grandes esperaba en el suelo. Lo sacudió con toda la delicadeza de la que fue capaz, hasta que las ropas se vieron libradas de los restos vegetales. Mientras lo hacia, Laura lo observaba, que permaneció todo el rato en silencio y con la mirada perdida en algún punto mas allá de su espalda. En las ropas, había algo que no terminaba de encajar; ¿pantalones cortos en pleno mes de Enero?, pero no sólo era eso, era su aspecto,"antiguo" como si fueran un uniforme colegial, de esos que salen en las películas de cuando la guerra.

Laura apartó esos pensamientos de su cabeza, al fin y a la postre, ¿qué sabía ella de ropa de niños?.
Volvió a colocar el anorak sobre los hombros de Pelayo y se dispusieron a emprender la marcha.

La temperatura seguía bajando según la noche avanzaba. Por extraño que pareciera su cuerpo se había solidarizado con la situación y la sensación, nivel: frio extremo, había desaparecido sustituida por una sensación, nivel: mucho frio, mas tolerable.

Avanzaban cogidos de la mano y en fila india, por la linde de la carretera. La marcha no era todo lo rápida que la mujer hubiera querido, además el niño debía de estar agotado. No podía llevarlo en brazos sería demasiado,  pero de cualquier manera, el infante no protesto ni una sola vez. La naturaleza de ese pequeño cuerpo era sorprendente.

Los abetos y pinos los escoltaban en la soledad de la carreta, ni un coche, nada excepto de rumor de la gélida brisa nocturna, que se paseaba por entre los arboles cortando la respiración con su aliento helado.
 - El coche no debe quedar lejos, dijo Laura: para intentar animar a su pequeño compañero de excursión, que se mantenía en el más absoluto de los silencios. Con esa oscuridad era difícil encontrar algún punto de que le sirviera de referencia, así que era poco más que un deseo, un deseo expresado en voz alta.

Dos curvas después vieron algo.

Allí estaba su coche, unos 500 metros más adelante y la patrulla de la Guardia Civil. Una llama de calor pareció prender en su interior.
- Vamos Pelayo corre, pronto estarás con tu mamá.
La cara del niño pareció iluminarse y el blanco de su tez brilló con el reflejo de las luces azules del 4x4 policial.

Apretaron el paso y comenzaron a trotar en paralelo. El corazón de Laura latía con fuerza en  las sienes y el pecho subía y bajaba como un fuelle de una fragua a la que las ascuas le reclamaran más oxígeno. El frio parecía ahora un recuerdo. Los pasos se hacían más amplios, hasta que sin darse cuenta los dos comenzaron a correr. El niño le mantenía el paso.

A medida que se acercaban la escena empezó a tener entidad. La mente de Laura comenzó a asociar todos los estímulos que le llegaban. Paró en seco. Pelayo sintió el tirón que le hizo soltarse de la mano de la mujer, para avanzar unos pocos de metros más antes de detenerse también. Durante la carrera había vuelto a gritar llamando a su mamá y a llorar como lo que era; un niño perdido de no más de seis años. Ahora cesando y son las manos apoyadas en las rodillas despostilladas apenas si tenia aliento para seguir llamándola.

Unos metros mas arriba, en la copa de un cedro, un pájaro volvió a ulular .

 Laura cayó de rodillas en medio del asfalto, se llevó las manos a la cabeza y se agarró el pelo formando dos montones revueltos y comenzó a gritar. Gritó con todas sus fuerzas. Gritó como jamás lo había hecho, hasta que los tímpanos le zumbaron. Miraba a la luna encapotada de nubes negras con una mueca de dolor y desesperación, pero sobre todo era una mueca de terror aún más helado que todas las noches de todos los inviernos.

Junto a su coche los agentes de la autoridad se habían agachado al lado del cuerpo de una joven que yacía en un charco de sangre y cristales . Tenia la cabeza destrozada, su rostro era un amasijo de carne, pelo y masa encefálica sanguinolenta; irreconocible para cualquiera que no la hubiera conocido en vida Irreconocible para cualquiera excepto para ella misma.


                                                                              FIN