NOSOTROS

NOSOTROS

domingo, 24 de enero de 2016

AZUL #26







 


El doctor giró la cabeza del perro 180° . Se escuchó un clock, que liberó el mecanismo oculto
en la figura de bronce sobre el escritorio.
Un segmento de librería se hundió un 40 cmts en la pared. Orgaz la empujó haciéndola rodar
sobre unos carriles, para remeterla tras el cuerpo del anaquel contiguo, dejando al descubierto
la caja fuerte. Introdujo la combinación en el teclado numérico y la abrió. En su interior había
varios estantes llenos de documentos. Sacó una carpeta. En su tapa tenía rotulada la leyenda
"Proyecto Set". Al sacarla accidentalmente, arrastró otra que cayó al suelo desparramando su
contenido.
- ¡Maldición! Masculló.
La incipiente barriga le hacía dificultoso agacharse, así que terminó por ponerse a gatas para
recoger los papeles.
En su mayoría eran historias clínicas y documentos de carácter contable. Todos ellos lo
suficientemente comprometedores para que justificaran su lugar en la caja. A medida que los
recogía los colocaba en montones clasificándolos según su naturaleza.
- Vaya, vaya ¿qué tenemos aquí? Se dijo en voz alta.
La carpeta nunca había sido blanca pero el tiempo la había vuelto más amarillenta y
quebradiza. La recogió con sumo cuidado como si fuera un objeto digno de veneración, pues
de algún modo lo era. Parecía que hubiera sido ayer cuando lo vio por primera vez.
Quince años antes
El timbrazo del teléfono lo despertó. Se había quedado dormido sobre la mesa .
- ¿Si, quién es? contesto aún medio dormido.
- Buenas noches Doctor Orgaz.
- ¿Quién es? Dijo mientras se recolocaba las gafas y consultaba su reloj de pulsera 01:12 am.
- Un amigo.
- Perdone pero...
- Escuche; tengo algo que ofrecerle que le será de gran interés. Si, ya se, que es tarde, sólo le
robaré un minuto más.
Era una voz de anciano, áspera y dura como la lija.
-¿Quién es? Si es una broma, no tiene gracia, voy a colgar.
-Bien, cuelgue entonces, y cuando declare ante el tribunal también colgará sus estudios, todos
sus esfuerzos habrán sido en vano.
El comentario lo cogió desprevenido. La citación judicial descansaba sobre la mesa, junto a un
plato con restos de sopa fría.
- ¡Oiga ¿cómo sabe eso? ¿Quién es?
- Ya le he dicho, que solo soy un amigo, interesado en su trabajo. Venga mañana a la
Residencia Los Álamos y pregunte por el señor Ulf Hrubesch. Le estaré esperando.
- Oiga... ¿Oiga?
Había, colgado. Quien quiera, que fuese ese tal Ulf, había colgado.
. El futuro se le antojaba ruinoso. El Buen Pastor clausurado cautelarmente y él, principal
imputado en un delito por mala praxis. Pero lo realmente mortificante era, que sus
investigaciones sirvieran de burla para mentecatos y cretinos que no alcanzaban a ver su
grandeza, con sus absurdas estrecheces de miras. Al conocimiento no se le podían poner
trabas. Y ahora esta llamada misteriosa. ¿Quién sería ese viejo?¿Un chiflado? No lo parecía.
Quizás fuera el golpe de suerte que estaba esperando, que su genialidad merecía.
A la mañana siguiente, a primera hora, tomaba un taxi con dirección a su extraña cita. Los
Álamos, resultó ser una residencia para la tercera edad de lujo a las afueras de la ciudad.
Ubicada en lo fue un palacete donde la alta burguesía del siglo pasado se retiraba durante los
periodos estivales.
- Buenos días. Por favor, preguntaba por el señor Ulf Hrubesch. Comentó Orgaz a la
recepcionista. Una joven guapa, de uniforme blanco inmaculado.
- Un momento por favor. Dijo la chica descolgando un teléfono y pulsando la extensión que se
correspondía con la suite del huésped.
- Señor Hrubesch Buenos días, hay una persona que..... Sí señor, en seguida señor.
La mujer colgó el interfono con delicadeza.
- Apartamento 56, el señor Hrubesch le aguarda.
Desde luego aquel sitio tenía la pinta de ser un buen lugar a donde ir a dejar caer los huesos.
Nada tenía que ver con las residencias geriátricas que él conocía, más bien parecía un hotel de
alto standing. Las alfombras, las paredes enteladas y las arañas de cristal decoraban tanto el
amplio hall como los pasillos. Todas las puertas que veía, tenían hojas dobles, por las que una
cama de hospital podría pasar fácilmente, pero nada de pomos baratos y madera
contrachapada; donde los había ,los pomos eran de bronce y las puertas de madera noble ,
que ocultaban cerraduras, blindando la intimidad de los ocupantes. El doctor rió para si. ¡Qué
vanidad ¡ Seguro que en algún sitio, había una llave maestra que las abriría, por mucha
cerradura y madera que tuvieran. Pero los ricos eran así, la vejez los volvía aún más
desconfiados y celosos, como gatas recién paridas.
Se detuvo, en dos pasos llegaría al apartamento 56. No podía ni imaginarse cómo le iba a
cambiar la vida, cuando cruzara esa puerta.
Golpeó con los nudillos sintiendo como la madera absorbía el impacto, haciéndolo
prácticamente inaudible. De todas formas no tuvo que insistir, desde dentro del apartamento
llegó la voz rasposa y cansada del teléfono.
-Pase, pase. Doctor, está abierto.
Empujó con suavidad. La puerta giró sobre sus bisagras bien lubricadas con facilidad y sin el
menor ruido. La suite estaba prácticamente a oscuras. Las persianas estaban echadas, evitando
que cualquier rayo de luz de la despejada mañana las atravesara. Sólo una pequeña lámpara
de pie le permitía ver por donde pisaba. El anciano anfitrión se disculpó
- Perdone la oscuridad pero mis ojos no toleran bien la claridad, venga se, tome asiento aquí
junto a mí. Dijo señalando un chéster de piel oscura, situado a la diestra del sillón orejero
donde estaba sentado.
Orgaz tomo asiento observándolo ¿cómo podía ver con esas gafas oscuras? Antes, le tendió la
mano. El viejo se la estrecho alzándola igual que si le pesara una tonelada. Notó el frío fofo de
su piel marchita y colgona. Sin embargo debajo de ella, los carpíos y metacarpíos resaltaban
fuertes como si en vez de una mano, hubiera estrechado una garra metálica envuelta en
pellejo.
- Bueno, pues usted dirá, señor Hrubesch. Comenzó
- Ah! Es usted un hombre directo, eso me gusta, sobretodo en un hombre de ciencia como
usted; bien pues vayamos al grano. Lo primero que tengo que decir, es que conozco sus
trabajos sobre la psique humana. Ya sé que, sus métodos no son... Digamos... muy ortodoxos y
que eso le está causando problemas con las autoridades. Pero comparto con usted la idea, de
que el conocimiento científico requiere de unas miras amplias y libre de prejuicios, y que
muchas veces la sociedad no está preparada aún para asumir. Es por este motivo que he
contactado con usted. El viejo se detuvo para toser, por su garganta salieron unos silbidos
como si su pecho fuera una gaita desafinada. Cuando se recuperó continuó. Yo le ofrezco la
posibilidad de continuar con ellos. Las gafas de Orgaz resbalaron por el tabique de la nariz. A
pesar de que la temperatura en el apartamento era fría, había comenzado a sudar. ¡Había
soñado un millón de veces con oír esas palabras!. Uso el dedo índice derecho para volver a
ponerlas en su sitio, pero la transpiración no se lo facilitaba.
- Tome. Use esto. Dijo el viejo sacando un pañuelo blanco impoluto de dentro del batín.
- Me explicaré. Me refiero no solo a apoyarle económicamente y a subsanar sus "problemillas
legales", si no a aportar unos conocimientos en la materia que seguro que le harán avanzar en
las investigaciones.
Al doctor se le cayó al suelo el pañuelo con que se secaba el sudor.
- No sé... No sé qué decir. Me siento abrumado.
¿A qué clase de conocimientos se refiere?, ¿Qué clase de información posee?
- Doctor, comprendo que todo esto le sorprenda y que tenga muchas preguntas que hacer. No
se preocupe todas sus inquietudes serán satisfechas ampliamente. Pero de momento lo más
importante es restablecer el orden. Todos estos contratiempos están afectando a su trabajo y
por ende a usted. Por ello quiero que tome esta tarjeta, y se ponga en contacto con mis
abogados. Ellos le ayudaran a deshacer el entuerto lo más rápida y satisfactoriamente posible.
Pero antes; quiero que también tome esta llave, que corresponde con una caja de seguridad
del Banco Internacional de Depósitos. Vaya allí y compruebe de primera mano todo el apoyo
que puedo darle. Si después de la visita sigue interesado, vuelva y hablaremos más
detenidamente. Si declina la oferta sólo tendrá que llamar a mis abogados y ellos recuperaran
la llave, aunque dudo que se dé el caso. Tomó la tarjeta y la pequeña llave de níquel que le
ofrecía el viejo.
- Gracias... Señor Hrubesch.
- No, no diga nada, sólo haga lo que le he dicho, ya habrá tiempo para hablar, se lo aseguro.
Salió de la residencia y tomó otro taxi con dirección al banco. No podía creer lo que le estaba
ocurriendo. Era....era más de lo jamás había podido imaginar. Un mecenas, que le ofrecía en
primer lugar ayuda legal y fondos, pero lo que más le intrigaba e ilusionaba; que le iba a
proporcionar información que le haría avanzar en sus investigaciones. Las palabras era música
en sus oídos, música celestial. El taxista le miró atreves del retrovisor en varias ocasiones.
¿Qué miraría?, ¿Tendría algo raro en la cara? Ah, claro, ahora caía. Lo que el chofer miraba era
la sonrisa boba que se le había quedado en la cara y que era incapaz de borrar.
El coche paró justo en la entrada. El BID estaba alojado en un edificio de principios del XX. Su
fachada principal estaba sustentadas por al menos dos grupos de cuatros columnas de orden
corintio que soportaban un frontispicio a la manera clásica, en la que estaba claramente
inspirado. En él, se representaba en piedra, una alegoría, donde el dios supremo Zeus concedía
a Hermes las alas de sus pies con las que cumpliría su misión de ser el mensajero de los dioses.
Todo ello hacia al edifico una mole imponente, que pareciera publicitar los tesoros que
albergaba en su interior. Orgaz bajó del taxi esperando hallar en él, uno de esos tesoros.
Un arco de seguridad y dos vigilantes del tamaño de armarios le recibieron. Una vez paso el
filtro, se encaminó a una de las mesas donde los empleados aguardaban a los clientes con
sonrisas artificiales y falsas igual que hienas ante un animal moribundo. El interior del edificio
no defraudaba, la inspiración clásica se mantenía. En los suelos el mármol de diferentes
colores, hacían figuras geométricas. Sobre él, mas columnas de capiteles corintios en mármol
blanco y fustes de pórfido rojo sustentaban el conjunto de escala ciclópea, digno de una
catedral.
- Buenos días.
- Buenos días dijo el empleado, un hombre de cuarenta años más o menos, calvo y
perfectamente trajeado.
- ¿En qué podemos ayudarle? Comentó ofreciéndole, con un gesto, asiento en uno de los dos
sillones de caoba barnizada, juego de la mesa a la que se sentaba.
- Me envía el señor Ulf Hrubesch. Quiere que tenga acceso a una caja de seguridad a su
nombre, aquí tengo la llave. Dijo mostrándosela al empleado.
- Si, ya veo. Permítame hacer unas comprobaciones rutinarias de seguridad. Si es tan amable
de disculparme unos minutos...
Antes de que pudiera levantarse de la silla, otro empleado se le acercó por la espalda ,
poniéndole una mano en el hombro, haciendo que permaneciera sentado de forma sutil.
- Buenos, dias. Soy Ernesto Mür, director de la entidad. El señor Hrubesch me ha informado de
su llegada Sr. Orgaz. Si tiene usted la bondad, yo mismo le acompañaré a la cámara.
- Desde luego, aquel viejo debía de estar bien relacionado. Pensó, bastaba con ver el brillo en
los ojos del director. El brillo del dinero.
Bajaron por las entrañas del edificio, en un ascensor, lo que le pareció una eternidad, en medio
de uno de esos silencios incómodos. Se les unió otro guardia de talla XXL con chaleco antibalas
y automática en la cartuchera del muslo. Cuando salieron del ascensor, el guardia se adelantó
y abrió una reja que les impedía el paso. Detrás de ella, otro arco de seguridad y tras él, una
pequeña sala de color blanco, iluminada con potentes halógenos empotrados en el techo y en
la pared, la puerta de una cámara acorazada, por la que podría pasar cuatro jugadores de
baloncesto cogidos del brazo. La puerta en si, era una solida pieza de metal pulido con un
volante en el centro a Orgaz le recordó a la escotilla de un submarino gigante.
Ahora el que se adelantó, fue el director, que hundió una llave plástica en una ranura. El
vigilante le imitó e introdujo otra en otra contigua. Se pudo oír un crujido metálico. Luego, asió
el volante y lo giró 360°. Otro sonido llego desde la cámara, esta vez, un siseo neumático. La
gran pieza de metal se movió y muy lentamente comenzó a abrirse.
El proceso tardo unos 7' que también transcurrieron con el incomodo silencio de banda
sonora. Una vez abierta, el guardia entró dentro de ella y tecleo algo en un panel adosado una
de sus paredes. Era el único espacio libre, todo el resto estaba tapizado con cajones y puertas.
Todos con un número de orden blanco grabado sobre sus frentes de metal negro, donde
también se podía ver una cerradura. En efecto el interior, con un poco de imaginación, podia
pasar por una consigna de algún aeropuerto, eso sí, de viajeros con maletas muy pequeñitas.
En el centro una mesa de metal y nada más, aparte del halógeno en el techo que procuraba la
iluminación.
- Señor Orgaz puede pasar y consultar la caja. Nosotros nos retiraremos para preservar su
intimidad. Cuando haya acabado, sólo tendrá que utilizar el interfono y bajaremos a buscarle.
Dijo señalando el panel donde había estado tecleando el vigilante. Dicho esto los hombres
desaparecieron y le dejaron a solas. Miró la pequeña llave plateada y por un instante, la sintió
pesada como si fuera de plomo. 275 era el numero que tenia grabado. Sus ojos buscaron
ansiosos 150...235....278. Allí estaba.
El cajón de metal negro con la cifra en blanco; a la altura de sus rodillas. Probó a meter la llave
.Resbaló de entre sus dedos sudorosos, cayendo con un tintineo metálico. Se pasó las manos
por los pantalones, para secar la transpiración. Estaba nervioso, igual que una feligresa que
intenta sisar en el cepillo. Al segundo intento embocó la cerradura y la llave entró
suavemente, notando como los dientes encajaban perfectamente dentro del bombín. Le dio
un par de vueltas a la izquierda y el cajón quedo liberado. Un mecanismo hizo que el frente
sobresaliera de la pared unos centímetros, lo justo para meter los dedos y poder tirar de él. La
caja de 50 ancho por 40 de alto, ocultaba un fondo de más de metro y medio, que se desplegó
al mínimo impulso, sobre unas poderosas guías. Mas parecía un archivador o mejor una
cámara refrigeradora de morgue donde se guardan los féretros a la espera de ser reconocidos.
El contenido lo dejo boquiabierto. Los lingotes de oro se apilaban, llenando casi todo el
interior, no supo calcular cuantos habría, pero parecían muchos. Desde luego la promesa de
fondos era más que una realidad. Hay había para mucho, mucho tiempo de investigación. Pero
aunque lo impresiono, no era realmente lo que deseaba ver. Lo que el realmente quería ver ,
debía de estar al fondo detrás de los ladrillos dorados . Efectivamente no todo el espacio
estaba ocupado por los lingotes, atrás había un espacio libre, en la zona del cajón que quedaba
remetida en la pared. Orgaz agudizo la vista, escrudiñando esa parte en penumbra. Sí, allí
había algo más, se agachó y metió la mano tanteando. Las yemas sintieron el roce del cartón
de una carpeta, tantearon hasta que por fin se hicieron con ella. La sacó con extremo cuidado
intentando no doblarla. No supo explicar la sensación que le embargo cuando la pudo
observar. ¿Sorpresa? ¿Confusión? o simplemente decepción.

continuará...


sábado, 23 de enero de 2016

De el molino de la abuela a Mónsul y renacer





Dicen que siempre volvemos al lugar donde una vez fuimos felices. Es como la llamada de la madre naturaleza, el despertar de los instintos.





La vida, el crecimiento, comprender, asimilar y sentir. Es como querer fabricar a nuestro antojo un deja-vu de recuerdos, colores, olores y sentimientos.


En mi caso, el deja-vu lo tengo en mi tierra materna, la que me vió nacer, crecer y vivir seguramente los mejores años de mi vida, donde el paraíso era estar todo el día en la playa, disfrutando entre familia y amigos.




San José, Almería.
A sus espaldas, el molino de la abuela, el molino de los Genoveses, llamado así por la cercanía a la famosa playa del mismo nombre. Allí mi madre aprendió el duro oficio de subsistir, como a la mayoría de niños de la post-guerra.



El molino molía de noche, molía de día, había que aprovechar los vientos, que para eso fue construído y no entendía de horarios ni necesidades, de insomnios ni dolores. Había que aprovechar el viento, ya durara unas horas, o semanas…




Bajando la ladera en dirección a esa playa pero a la derecha, se encuentra el cortijo Genoveses, conocido así por la misma razón y con sus habitantes en la misma situación que mi familia.




Familia ésta que pasó posteriormente a ser parte de la nuestra, ya que un tal Manolillo se dedicaba a lanzar silbidos contra el molino a modo de piropos hacia una hermana de mi madre, o sea, mi tía.






‘’En este arrendado huerto
No quisiera hacerme viejo
No quiero con mis sudores
 Engordar un cofre ajeno’’.





Mónsul
Las dunas móviles. Escenario de películas de fama internacional, como Indiana Jones, por ejemplo.





Zona de marcado origen volcánico, pero no tan rica su tierra para el cultivo como el valle de Genoveses

Aquí el tiempo no existe. Todo es quietud. Como denominador común, el silencio, la aridez y la naturaleza salvaje, agreste, casi incómoda. Pero no por eso menos bella, menos digna de ser descubierta y amarla.


Calas escondidas, algunas de difícil acceso, enigmáticas, incitantes a imaginar tiempos remotos de caontrabando y pirateo, invasores y descubridores.



Arenas besadas por náufragos, fuentes incontables de agua dulce para supervivencia de lugareños y extraños.





Entornos de embrujo
De amaneceres claros
De días iluminados 
De sol apabullando
Lunas como amatistas
Y morir enamorado.


Estas visitas cíclicas, periódicas a mi tierra de origen no son gratuítas ni improvisadas, atienden a una necesidad de volver a ser yo, a buscar y redescubrir mis raíces, aunque esta vez ha sido más necesario que nunca.

                   ------------------------------------------------------------------------------------

Después de estar más de veinte años tocando, empecé a tener problemas en la mano izquierda. Me diagnosticaron artrosis en los dedos y en el cuello. Hasta que en Abril del año pasado tomé la triste determinación de dejar de tocar en directo y de ensayar con ninguna banda.


Me quedaría en casa tranquilo, sereno y meditando muy bien sobre mi futuro como músico...


Pero no ha pasado ni un año y siento que necesito volver a tocar. Necesito arropar de nuevo la madera y el acero en perfecta comunión cerca de mis costillas, abrazar mi guitarra y volver a decirle de nuevo por si lo ha olvidado, lo que supone para mí escuchar cómo me canta y me embruja, que soy feliz a su lado.


Que con ella se para el mundo, que no hay otra cosa en la vida cuando la estoy tocando.


Que su cuerpo son mis alas, con las que vivo volando. Entre canciones y versos, entre gestos de enamorados.


Y sus cuerdas dicen cosas que yo no me atrevo a gritarlas, pero como le cuento todo, como un amante entregado, ella grita a los cuatro vientos que la quiero y que la amo.


Por que no tiene sentido que si yo puedo contarlo, tenga que saberlo ella. Pero sino, no me apaño.

Y cuando llegue ese día en que el sol no está a mi lado, que me sorprenda la muerte a mi guitarra abrazado.





Con ella crecí, ella fue siempre mis manos. Ella me lo contó todo y con ella acabé llorando.
Llorando por no poder seguirla disfrutando.




Olor a tomillo y esparto
Me despierta el astro Rey
Nada más que hacer
Que contemplar extasiado
El brillo de su piel
El rojo de sus labios
Sus ojos color de miel
Sentir que nada ha cambiado
Que estoy por ti y por hacer
De tu vida algo mágico
De tu sonrisa aprender
Que eres lo más sagrado
Que me ha podido ocurrir
El amor no es sacrificio
Es un profundo sentir
Que nos lleva al precipicio
Y no queremos salir
Si no es juntos y abrazados.


miércoles, 20 de enero de 2016

Frampton/Sheik Yerbuti/Bowie 2ª parte.


‘’ .. como decíamos ayer…’’

El gran éxito del disco en directo de Frampton en 1976 no dejó a nadie indiferente, recibiendo todo tipo de críticas, desde las más aduladoras, hasta las más despreciables, pero algo cambió con el disco en cuestión y fue que aportó una visión del rock que estaba quedando un poco olvidada:  pasar un buen rato y desconectar de la realidad a base de canciones de contenido sencillo, cercano y con una música arropando esas letras muy por encima de la calidad de las mismas.

Esto provocó entre otras cosas la inspiración del genio de Zappa, que al año siguiente editó uno de sus discos más vendidos ( curiosamente por contener una canción donde se burlaba de Peter,  pero al contrario que éste, con letras explícitas) llamado ‘’Sheik Yerbouti’’, el primero desde su propia discográfica, siendo su disco más vendido hasta hoy, con algo más de dos millones de copias.
El disco fue prohibido en EE.UU. y la canción a la que hacía mención a Frampton era: ‘’I have been in you’’.


El karma actúa a veces de forma insospechada, pero en esta ocasión, la burla le salió beneficiosa a los dos: A Peter, porque los fans se volvieron a enfocar en el disco en directo y se volvieron a relanzar sus ventas, consolidándolo en su carrera y dándole el ‘’empujón’’ definitivo y a Frank Zappa, porque a pesar de no poder vender el disco en su país, fue multi-ventas en el resto del mundo occidental.
Que Zappa es un genio, no me cabe la menor duda. Un torrente creativo.

Según su familia, conservan material inédito del artista para editar unos cien discos. Por mí, se podrían limitar a remasterizar  su obra y del material guardado, editar una buena box-set y punto final.

Tambien sospecho que en alguna ocasión, Zappa debió pensar en lo más profundo de su ser que su disco más vendido fuera uno donde se mofaba de un colega de profesión. Un colega que era un buen músico, un gran guitarrista y cantante. No era un genio compositivo y malabarista como él, pero a base de canciones sencillas había llegado a más corazones que él, aún habiéndose rodeado siempre de grandísimos músicos para sus discos como Adrian Belew, Terry Bozzio o un tal Steve Vai, pero Peter Frampton y su banda, ofrecían unas canciones reconocibles desde el primer compás y al oírlas, automáticamente el cuerpo se cargaba de buenas vibras.

Una cosa son buenas canciones y otra, los temas.

Las canciones suelen ser de cantautor, sencillas y generalmente escritas con una guitarra.
Los temas corresponden a una obra de ingeniería, un proyecto sinfónico, una partitura con varias claves, un cuento, metáfora o teoría parido entre varios movimientos musicales que conforman un todo y que por separado pueden ser varias canciones, pero en la mayoría de casos no se entiende una parte sin la otra.


En la música, la sencillez es genialidad, dos acordes rasgueados dando abrigo a una experiencia vivida y cantada.
Eso está al alcance de muy pocos y las Canciones tocadas por una banda, tienen el poder de cautivar, de embriagarte, de hacerte escapar un suspiro, una lágrima, hace resucitar el amor y te da fuerzas para encarar el ‘’yo, pecador’’.

No le voy a atacar más a Zappa, respeto mucho su memoria y su legado, pero esto no me gustó nada. Precisamente un genio como él no necesita crearse notoriedad a costa de el trabajo de otro artista. Esa canción le sobraba.


Capítulo Bowie:

Ya que el padre de Peter era profesor de Bowie, sucedió lo inevitable. Bowie era mayor que Peter, los juntaron en el colegio para tocar y terminaron siendo buenos amigos. Su máxima ilusión era reunirse para versionear canciones de su ídolo en común, Buddy Holly.

Tras el famoso directo de Frampton, éste continuó su carrera editando discos como:  I’m in you de 1977, Breaking all the rules 1981, etc. Pero ninguno logró llegar al nivel de su obra en directo. Más al contrario, la nueva década parecía que le estaba dando la espalda, las nuevas tendencias de moda en lo relativo a imagen y sonido nada tenían que ver con la imagen 70’s, el nuevo funky electrónico al que se subirían muchos artistas no se parecía en nada a el ‘’antiguo’’ sonido crudo de bandas como Blues Brothers, por citar alguna.

La carrera de Frampton caía en picado y como los buenos amigos no sólo están para las risas, el  Duque Blanco reclutó a Peter para la grabación y gira del que sería su disco más exitoso: Let’s Dance, de 1983.
Let’s Dance obtuvo ventas millonarias siendo el segundo disco más vendido a ambos lados del charco por detrás del magnánimo  ‘’Thriller’’ de Michael Jackson.

En el video-single, podemos disfrutar de un Peter Frampton siendo fiel a su estilo guiatrrero, encajando como un guante en la música de Bowie:


El disco, repleto de hit-singles bailables, se convirtió en el más vendido hasta hoy en la carrera de Bowie y alcanzaría el número 1 mundial, elevando a Bowie a la categoría de estrella y a las portadas de todas las revistas de música y moda de la época.

Siempre digo y en este blog tambien, que los buenos siempre acaban juntándose y en el caso de estas dos grandes personas no iba a ser menos. Los grandes no sólo lo son por su calidad artística, tienen un plus de corazón y sensibilidad.


Mejor ser una buena persona antes que un gran músico. Si tienes lo primero, lo segundo te va a llegar antes o después indudablemente.

Excepto si eres Van Morrison, pero eso es otra historia…


Peter Frampton es uno de esos artistas que tenían lo primero y le sirvió para conseguir lo segundo. Igual que el Duque Blanco, al que su caballerosidad le va a permitir no hecharle nada en cara a Frank Zappa cuando se encuentre con él. Seguramente sonreirán y se pondrán a tocar música juntos, mientras Lemmy se toma un buen trago de Jack Daniels con cola. Genio y figura.

2007, ganador de un Grammy:



Mantengo humildes mis orejas.

domingo, 17 de enero de 2016

Azul #25







¿Dónde estaba?. Debía de ser un sueño. Eso era, debía de estar soñando. Era extraño
porque se suponía, que cuando se soñaba, no se podía saber, que en realidad lo estabas
haciendo. Pero debía ser un sueño.
Todo estaba desproporcionado en tamaño. Había unas sillas y una mesa, de talla gigante
comparada con ella. Además miles de sonidos llegaban a sus oídos. Oía como el agua
corría por las tuberías, como la electricidad viajaba por el cobre, tras las paredes, como
se quejaba la madera que se contraía con el frío nocturno. Lo oía todo. También lo olía.
A su pituitaria llegaban olores conocidos como el del barniz, pero con una riqueza en
matices, que jamás podría haber imaginado. Luego estaban otros nuevos, que aunque
percibía era incapaz de describir o saber a qué pertenecían
Sí, efectivamente era de noche, pero la luz de una luna llena, tenía que estar entrando
por alguna ventana, que no alcanzaba a ver, ya que la estancia no estaba sumida en la
oscuridad si no ,más bien en una penumbra, que daba a todo una tonalidad gris plateada,
resplandeciente.
Avanzo explorando aquel mundo de dimensiones colosales.
A medida que lo hacía, comprendió que sin duda se hallaba en el cuarto de juegos, de
algún niño-gigante. Primero, atravesó lo que no podían ser otra cosa, que las vías por las
que correría una locomotora de juguete. También pasó por delante de un monstruo
peludo que la miró con ojos vidriosos, y que resultó ser un oso de peluche y fue
encañonada por un batallón de soldados con la fría quietud del plomo.
Un poco más adelante, el paso se vio obstaculizado por las enormes piezas de un juego
construcción, que descasaban esparcidas por el suelo. Era como la cantera del giganteniño.
De donde podría extraer los materiales, para construirle un universo a su escala
diminuta. Desde luego era algo así, una vez consiguió subir a lo alto de una pila de
bloques lo pudo corroborar.
Más allá había un castillo hecho de esos mismos bloques por los que acababa de subir.
La construcción era imponente, con sus torreones y almenas. Divisó que el portón
estaba bajado, así que concluyó ir hacia él.
La entrada se abría en un gran patio de armas, donde confluía todo el edificio.
Presidiendo la plaza, una gran torre rectangular se alzaba por encima del resto de
estructuras. Debía ser la torre del homenaje. El corazón del castillo; donde sin duda se
encontraban las dependencias más importantes.
A su finísimo oído llegó un sonido inesperado. Era el sonido de unos pies livianos
correteando, salía del interior de aquella atalaya, luego una risa alegre e infantil. ¡Un
momento! Conocía esa forma de reír; era la de su hija. Era la risa de Paula.
Intentó llamarla, ¡Paulaaaa!, pero no logró articular palabra alguna. Lo más que
consiguió que saliera de su garganta fue un chillido agudo. La frustración no la detuvo
un momento. Simplemente corrió en su busca.
La recibió un gran salón, con una mesa enorme de madera en el centro y su sillón en
uno de sus extremos. El mundo había recobrado sus proporciones normales, al menos
para ella, el castillo de juguete, había cambiado los bloques de plástico por solida
piedra. El suelo estaba vestido con una alfombra mullida y en las paredes colgaban
tapices. No podía distinguir los colores, que seguían siendo un abanico de infinitos
tonos grises. Pero lo más importante, ni rastro de Paula.
Las risas se volvieron a escuchar y después el ruido de los pies menudos que subían
apresuradamente unos escalones de piedra. Intentó nuevamente llamar a su hija y otra
vez lo único que pudo emitir fue ese chillido agudo, chirriante. Salió del salón, por un
arco cubierto por una pesada cortina que encontraba un distribuidor con varios
corredores que conducirían a otras habitaciones, desestimó esas rutas ya que en el centro
se descubría una escalera de piedra que subía.
La escalera subía y subía, sin niveles intermedios sólo arriba y arriba. Notaba su
corazón palpitándole en el fondo de la boca, por el esfuerzo, igual que una miga de pan
que no puedes tragar. ¿Cómo podía ser una niña tan veloz? ¿Se habría confundido de
camino?. La duda quedó despejada cuando la risa se volvió a oír. Alzo la mirada, para
comprobar con alivio, que las escaleras terminaban unos pocos tramos más arriba. 
Estaba llegando.
Los peldaños morían en un amplio rellano. Solo había una puerta de madera. Con
cuidado la empujo. Cedió retirándose, abriéndole paso a la habitación que guardaba.
Era un dormitorio, precioso, digno de una reina, una cama con dosel, una descalzadora
junto a un biombo y un tocador con un maravilloso espejo con marco tallado, también
encontró un baúl pero Paula tampoco parecía estar allí. La oyó reír. ¿Dónde estaba? La
risa se escuchaba cerca. Buscó detrás del biombo, debajo de la cama incluso dentro del
baúl, pero nada. Iba a darse por vencida cuando la vio. Estaba en el espejo o mejor
dicho dentro del espejo, que más parecía una ventana o ella qué sabía. El caso es que, su
hija estaba al otro lado.
La niña reía, estaba allí con un vestido azul con manguitas de farol y cuerpo en nido de
abeja. Con el pelo recogido con una moña también azul. Chilló al intentar llamarla. Pero
Paula no parecía ni verla ni oírla, solo reía quieta, estática. Acerco la mano para tocar la
superficie. Los dedos atravesaron el espejo como si fuera una película líquida,
haciéndola vibrar. Sintió un frío helador que le llegó hasta el tuétano de los huesos. La
imagen de su hija tembló desfigurándose, comenzando a girar sobre si misma. Primero
poco a poco, para tomar más y más velocidad. Laura se asustó e intento retirar la mano,
pero no podía parecía que se hubiese quedado atorada. Paula se deshacía en un remolino
.De imprevisto todo dentro de la habitación empezó a girar también, incluido ella que
seguía con la mano dentro de aquel espejo . Era como si se hubiese desencadenado un
tronado dentro de la alcoba.
Terminó tan repentinamente como comenzó.
Pudo retirar la mano. Su hija ya no estaba, el espejo, ahora estaba negro y vidrioso
como hecho de obsidiana. Algo en el fondo de él, brillaba tenue. El brillo se fue
ampliando, floreciendo como un capullo que se abre. El espejo volvía a ser un espejo .
En su reflejo se podía ver la habitación con su cama con dosel, su biombo y sus paredes
de piedra. Pero había algo nuevo y sorprendente. Su imagen no se reflejaba, en su lugar
había una rata. Bigotuda y de ojos rojos, que movía el hocico olisqueando. ¿Qué quería
decir aquello? Volvió la cabeza para mirar detrás de ella lentamente y descubrió con
horror que el roedor la imitaba. ¡No podía ser! ella era la rata del reflejo. En ese justo
instante el marco del espejo se desprendió súbitamente de la pared, cayendo sobre ella
con violencia. Sintió como su espalda se quebraba bajo su peso, como sus huesos se
descomponían en esquirlas que se clavaban en la carne y como su médula espinal se
derramaba salseando sus entrañas aplastadas. Comenzó a gritar, pero en realidad solo se
podían oír los chillidos de una rata atrapada en un cepo.



Continuará…


AZUL #24
AZUL #1