NOSOTROS

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sábado, 1 de octubre de 2016

El Marcapáginas

El Marcapáginas 


Miró el marcapáginas como si fuera algo nuevo, algo que no debía estar ahí. Pero ese era su sitio, lo decía su nombre, estaba cumpliendo su función, para lo que había sido concebido y fabricado, señalaba por donde había dejado de leer aquella novela la vez anterior.

En realidad sólo era un cuadrado de cartulina roja. Pero era más que eso, su hermana los había hecho, había diseñado ese marcapáginas como obsequio para los invitados a su boda. Buscó una bonita ilustración de dos niños besándose y lo montó sobre el cartón, luego añadió un corazón con sus nombres como pie de foto y los plastificó. Encargó varias decenas. Fue un detalle entrañable. Un gesto de una hermana ilusionada con la boda de su único hermano. Ese hermano mayor, que marchó de casa cuando ella era aún una niña y que casi era un extraño que acabara de conocer, del que sólo guardaba recuerdos de niñez, y visitas de pocos días en verano y Navidad, que ahora se casaba con otra extraña. Una chica que empezó a aparecer con él, en esos escasos permisos en que volvía a casa.

Y ahora de repente, después de todos aquellos años, después de todas aquellas miles de paginas, después de haber sido su guía en tantas horas de lectura, le resultaba un trozo de cartón forrado de plástico extraño y ajeno.

Lo tomó con cuidado, sujetándolo entre el índice y el corazón. Efectivamente, allí seguían esos dos niños besándose, como si el tiempo no existiera , como si no pasara por ellos, debajo su nombre y el de desde ese día fue su esposa. Pero el tiempo si existía o al menos sí para él, para ellos. Pasó la yema del dedo pulgar de la otra mano por el canto del marcapáginas, sintió su filo duro y flexible a la vez, igual que el de un cuchillo jamonero. Luego lo agarró firmemente y lo deslizó a la velocidad del rayo sobre la muñeca izquierda, mientras observaba la palma de la mano, mientras observaba ese pequeño callito que le formaba la alianza de casado debajo del dedo anular. Nunca se lo cambio de dedo, siempre la llevó en la mano izquierda donde los latidos del corazón son más fuertes.

El corte fue limpio, poco más que un arañazo, pero lo suficientemente profundo para dañar los vasos sanguíneos que hay debajo de la escasa piel de esa zona. Una gota de sangre oscura y lenta manó. Quemaba, escocía. Volvió a deslizar el marcapáginas, ampliando el corte que ya sí se podía llamar así. La muñeca sangraba abundantemente. Satisfecho de su trabajo devolvió el marcapáginas a su lugar, a entre las hojas de la novela que estaba leyendo, y que había releído muchas veces, decenas de veces; era la única novela que poseía, Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Se recostó sobre su solitario lecho de cartones y se dispuso a aguardar a la muerte. 
 
 
FIN