NOSOTROS

NOSOTROS

viernes, 21 de julio de 2017

Estrecha franja de luz




Estrecha franja de luz
reflejo de un cristal opaco
Pedazo de espejo rayado,
donde se dibujan siluetas de sueños rotos;
esperanzas de vaho y condensación.
Gotas que se acercan.
Heridas recién abiertas
Cicatrices viejas.

Porque Soledad te trajo,
las letras te acercan
las noches te han esperado.
Tanto te soñé
que a veces "Siento al despertar
que el sueño es la realidad"










miércoles, 19 de julio de 2017

Kutxi, un romero entre mareas.

Como decía ayer aquí mismo, hay que cultivarse por dentro y no dejar que las malas hiervas de la ignorancia y el conformismo crezcan en nuestro interior y nos vuelvan seres apáticos, frustrados y aborregados.

No pretendo ser un ejemplo de nada, no soy quien. Mi única intención es mostrar mi visión de las cosas, cómo las percibo y cómo me apetece sentirlas y darles mi propia interpretación.
Cuando empecé a tocar, ya llevaba muchos años escuchando casi todo tipo de músicas, canciones en inglés la mayoría y unas cuantas en castellano. Con diez añitos recuerdo escuchar a Alberto Cortez cantarle al abuelo y salir corriendo para poder llorar de pena y que nadie me viera. Hoy día me sigue pasando, pero pongo la canción cuando estoy a solas. Mi intimidad es mía y solo mía.

También andaba por casa María Dolores Pradera: ''no se estila, ya sé que no se estila, que te pongas para cenar, jazmines en el ojal...''
Aute, Serrat, Sabina, Jesús de la Rosa, Miguel Ríos...rebeldes con causa, artistas que se jugaban la vida porque en sus inicios todo era censurable, pero salían a dar su show, a compartir sus mensajes con las nuevas generaciones que ya ansiaban de aires nuevos, de otros conceptos de orden y esos mensajes eran Canciones así, en mayúsculas. Porque hay que tener mucho arte para escribir letras más o menos reivindicativas utilizando símiles relativos a amores y desamores, despedidas a amigos o la muerte de un hermano, todo relativo a ese negro episodio de nuestra historia que duró tres años.

Cuando empecé a componer, me dí cuenta que leyendo las letras de las canciones de todos estos artistas había todo un máster en literatura. Mil formas de contar las cosas y otras mil formas de percibirlas y sentirlas.
Cuando te empapas de todo lo bueno que te gusta y lo devoras porque deseas encontrar mucho, hay que estar ciego o medio lelo para no saber apreciar el regalo tan enorme que te están ofreciendo con esas canciones.

Pasaron unos años y llegaron otras modas de contenido más light, era todo como más superficial en el mundo artístico. O al menos eso me pareció. Después del torrente musical que me atropelló, lo que llegaba a mis orejas entre mediados los 80's hasta bien entrados los 90's me resultaba insufrible, infumable. La música de la movida madrileña no iba conmigo, era un concepto que no era para mí, pero había saturación en los medios de comunicación y por supuesto en la inmensa mayoría de garitos.

De pronto un día cualquiera en una conversación cualquiera, alguien me dijo: ''conoces a Marea?''
-no, pero me gusta el nombre. de qué van?
Rock. Rock potente y el pavo que canta tiene unas letras de puta madre!


Pues sí que tienen buenas canciones, pero las letras son la guinda en cada pastel. Yo, que soy un gourmet de los de andar por casa, Marea son mis delicatessen porque lo que me dan en mi mismo idioma me resulta incomparable, de un gusto exquisito al elegir cada frase.
Hace más el que quiere que el que puede y estos chicos han podido porque han querido hacerlo y han tirao p'alante hasta con el viento de proa.

El año pasado se casó una buena amiga, Vanessa la Aretha de Pulpí y de quien presumo cada vez que puedo. Se me ocurrió proponerle tocar algo para ella durante las nupcias y accedió encantada. Me propuso una canción de...adivináis quien? jajjaja enhorabuena, la respuesta acertada es la que has pensado: Marea. La canción: ''la luna me sabe a poco''.
Vimos la tonalidad adecuada para su voz, arreglé los acordes y con la base del estribillo recitó:

''pongamos el mantel, tú quédate a mi lado
pa comernos al amanecer lo que quieran las manos.
y de postre un sol maldito que termine de volverme loco,
que ya sabes que la luna a mí siempre me sabe a poco''

Cómo no me iba a rendir si es una de las mejores cosas que he podido leer en los últimos 15 años!


''decía que tenía el corazón alicatao hasta el techo
que a ver si no podía hacerle yo una cenefa a besos
pa llenar de porvenir los bolsillos del mandil
y colgar un recuerdo de cada azulejo''.

''y es que ná le dá más asco que aguantar como un peñasco
a que pase el invierno,
que le diga que ya nos veremos.
que ha vivido en un silbido,
orgullosa de haber sido una yegua sin freno,
desgastada de andar por el suelo''

''le dije que a la noche por los poros me salían mares,
soñando que me hablaba y me agarraba a sus cuerdas vocales.
que no hay quien pueda dormir escuchando mi latir,
que parece que está masticando cristales''

''tengo un gato en las entrañas, un tembleque en las pestañas
y muy poco tiempo
si me dice que ya nos veremos.
voy rompiendo las persianas pa dejar por mi ventana
el camino abierto
si se cansa de andar por el suelo''


Ante esto, qué puedo decir? Aplaudir y agradecer mientras me queden latidos y memoria. No hay nada más que añadir. Quizá os pueda parecer exagerado comparar a Marea con los autores que cité al inicio, pero como el arte es subjetivo, para mí están a la misma altura.

Por cierto, gracias Antonio por rescatar tus discos de Marea para mí, te llevas una mujer de las que ya no se fabrican!!



Mantengo humildes mis orejas.

martes, 18 de julio de 2017

Estaba a punto de explotar despacito.


Antes de que llegara a España la interné ir a un concierto era una aventura, había que fiarse de lo que te contaran las dos revistas de tirada mensual y te podías encontrar cualquier cosa.
Hoy día otra cosa no habrá, pero información (veraz o no) sobra.
Es por esto que si sacas una entrada de mierda para ver a un artista de mierda y te ofrece un concierto de mierda, no tienes ningún derecho a exigir, ni a gritar ''tongo'' o ''manos arriba, esto es un atraco'' ni nada parecido. Te han vendido mierda a precio de oro que has pagado como un tolay.
Pero claro, nadie nace enseñado, en cierta manera no tenéis la culpa. Aquí poca música buena se subvenciona, pero emisoras de radio comerciales y telebasura si hay, de ahí llevan décadas sembrando bazofia para llenaros la mente y que relacionéis la telebasura con estar rodeado de supuestas tías buenas y llevarse un dinero fácil.
Aún estáis a tiempo de ''cultivaros'' con música, libros, cine, teatro, etc. para poder ser más selectivos y ser exigentes cuando la situación lo indique. Esto requiere un poco de tiempo libre en detrimento de salir a la calle con el seat león amarillo y en el equipo de música sonando una de E, Iglesias o el ''desoacito'' este nuevo de los cojones, que me tiene hasta los idem.
 
Sálvese quien pueda!!
 
 
 

sábado, 8 de julio de 2017

LA GRAPADORA






¿Cómo se puede temer a una grapadora?

Esa pregunta, aparentemente estúpida le recorría el cerebro en busca de una respuesta que no iba a encontrar. Era imposible, las grapadoras no dan miedo. Daba igual lo que su subconsciente, sentido común o lo que fuera le sugiriera, pero a él aquella grapadora le aterraba.

Ya estaba en el despacho cuando él llegó, cuando le asignaron ese cubículo en la décima planta de aquel edificio de oficinas. Había sido seleccionado entre un montón de aspirantes y al fin había conseguido el puesto. Debería estar contento y lo estaba, pero fue ver aquella máquina de poner grapas y una extraña sensación de hastío le invadió, aplacando la ilusión del primer día.

Lo primero que hizo fue organizar el que a partir de ahora sería su nuevo puesto de trabajo. Acomodó sus pertenencias. Colocó en una esquina un cubilete con bolígrafos, todos de color negro; en la esquina opuesta reservó un lugar de honor junto a la pantalla del ordenador para un monigote de arcilla agrietado y pintado con témpera amarilla, fue su primer regalo del día del padre, su hija se lo hizo en la guardería y casi disimulando tomó la grapadora y la metió en el tercer cajón de la mesa, al fondo, detrás de una pila de carpetas, pero antes de hacerlo se tomó unos segundos para observar, para mirarla. Quería descifrar por qué aquella grapadora le había producido y esa sensación tan repulsiva, un extraño cóctel de asco y pena.

Vio que tenía unas huellas en su superficie de metal pulido. Aquella grapadora había sido olvidada por el anterior ocupante de ese despacho, la persona que él había sustituido. Posiblemente un trabajador que llevaba años sirviendo fielmente a la empresa y que habría sido despedido, porque reunía unas condiciones ideales; unos 50 años, un salario que ya no era rentable, unas circunstancias que le hicieron ser el perfecto candidato, para ser sustituido por un trabajador más “joven y dinámico”, más preparado y desesperado por cumplir sus funciones por la mitad de su sueldo. Sí, aquella grapadora con pinta de anticuada, había sido olvidada por el dueño de esas huellas dactilares, que se marcaban el metal pulido, pobre hombre.

Pero él no podía hacer nada, el mundo laboral es cruel y de nada serviría llorar por los caídos Fin de la historia, su mirada no se volvería a cruzar con aquella cosa metálica, que le recordaba a la cabeza de un monstruo de película de ciencia ficción. 
Aquella sensación no le iba a arruinar nada, no era ni razonable ni lógico, ni nada que se pudiera explicar, solo era una grapadora y él acababa de inventar una historia triste para ella. 
Eso, una historia que justificara esa absurda sensación, nada más; la mente humana es así de caprichosa y la suya no iba a ser menos. 

Los días pasaron y sumaron semanas y las semanas meses. Apenas si se había dado cuenta y ya casi llevaba medio año en su nuevo puesto de trabajo. Los análisis, los informes y demás papeleos habían distorsionado el tiempo. Allí en su cubículo, los días se confundían unos con otros. Era un habitante, un trabajador más en aquella colmena llena de celdillas de despachos de dos por dos hechos con paneles de contrachapado.

“No volvió a acordarse de la grapadora”. Sí éste sería un bonito fin para este cuento, pero no, bien saben que no. La grapadora seguía en el tercer cajón detrás de una pila de carpeta. Estaba allí y él lo sabía. Solo tendría que abrirlo y meter la mano y palpar hasta tocar su metal frío y pulido. Sí, palpar porque el cajón era profundo y no podía verla, la metió allí para no hacerlo, pero una cosa era no verla y otra cosa saber que estaba allí aguardando, aguardándole. Durante esos casi seis meses no había habido ni un solo día que no recordara qué había en el fondo del último cajón.

Tenía otra, una menos aparatosa, una menos fría, era de metal, sí pero con una cubierta de plástico azul, y solo era una grapadora, un chisme, un ingenio que mordía los papeles y los sujetaba con trocitos de metal color cobre, una más de las cosas que rodaban por su mesa, nada que produjera ninguna sensación, ninguna que le irradiara ese terror infantil que le había hecho esconderla, pero no tirarla. Tirarla, deshacerse de ella de una forma definitiva, ¿por qué no lo había hecho?, ¿por qué la guardó?, ¿por qué la escondió? y lo más desconcertante, ¿por qué seguía haciéndolo? Primero se mintió con la excusa de que alguien podría volver a reclamarla, su anterior dueño, el propietario de aquellas huellas dactilares, de aquellas improntas grasosas que decoraban su cuerpo cromado. Más tarde, cuando nadie la reclamó, se convirtió en una suerte de juego consigo mismo, sólo eran unos trozos de metal y algún muelle unido por remaches, no tenía ninguna influencia sobre él, era un cacharro feo, nada más, podría vivir con ella. Había jugado a ignorarla, a intentar olvidarla pero de una forma u otra cada vez que miraba el cajón parecía que pudiera ver el interior, la imaginaba allí, como una morena agazapada, esperando pacientemente a que él metiera la mano.

Ya lo tenía, aquello era lo que le producía esa sensación tan desagradable, lo había descubierto por fin. Aquella grapadora y su imaginación se habían aliado contra él, habían fabricado un monstruo metálico, uno que estaba asustando a esa parte del cerebro primitivo e irracional, que debía haber quedado traumatizado sin saberlo con una morena. Sí, seguro que en algún momento de su infancia vio alguna imagen, algún documental de esos que le encantaba ver a su hermano mayor, alguno donde una morena negra y de dientes retorcidos salía de su cubil para engullir algún pez desprevenido o incluso el brazo de un submarinista incauto. Sí aquella asociación de habría producido de forma inconsciente y por eso aquella estúpida máquina de poner grapas le estaba atormentando.

Ahora solo tendría que abrir el cajón, meter la mano hasta el fondo y palpar hasta encontrarla, cogerla y deshacerse de ella. La tiraría en el cubo de basura del comedor. Allí y no en una la papelera donde llamaría más la atención, mucho mejor estaría allí, entre sobras de almuerzos recalentados y lasañas descongeladas, si allí se desharía de ella de aquella estúpida grapadora que le atemorizaba; un lugar en la basura, esa sería su venganza. Ella se lo había buscado.

Otra bonita mentira

Abrió el cajón con decisión, Las carpetas de cartón azul y gomas elásticas, casi lo llenaban por completo. Tiró de él hasta que las guías llegaron al máximo de su extensión. Allí en ese espacio oscuro del fondo estaba, solo tenía que meter la mano y cogerla, atraparla, “es un ser inerte, las grapadoras no se atrapan, se toman, se cogen pero no se atrapan”. Vestía una camisa de manga larga blanca y cuellos parís con una corbata azul y rayas al bies más oscuras. Se desabrochó el puño de la mano derecha y se remangó por encima del codo, más pareciera que fuera a meter el brazo en un balde de hielo derretido para rescatar la última cerveza, desde luego el escalofrío fue parecido cuando palpó con la yema del dedo corazón su cuerpo metálico. Lo hizo con mucho cuidado, como si temiera que la grapadora fuera a morderle. “¡Qué tontería!” Había que terminar de una vez con aquella especie de teatrillo absurdo. Cerró la mano sobre ella y entonces sintió cómo algo se clavaba en el dedo índice. Un grito, afeminado y pueril salió de su boca sumándose a la sorpresa del dolor. Retiró la mano con rapidez. El movimiento rápido y violento hizo que la grapa que estaba atorada en la “boca” de la grapadora, le rasgara la delicada piel de la yema. Una gota gorda de sangre carmesí brotó del dedo.

Pateó el cajón con más miedo que furia. ¡Le había mordido!, la grapadora le había mordido como si fuera un gazapo que se defendiera en su madriguera. Se chupó la gota de sangre y paladeó su sabor a monedas. No, no podía ser, la parte racional de su cerebro pugnaba por imponerse, sólo había sido algo completamente fortuito, algo totalmente carente de voluntad o intención, era un objeto inanimado, él y solo él la estaba dotando de vida. Era pura y dura sugestión.

El pequeño corte dejó de manar sangre. Rearmado con su razonamiento volvió a abrir el tercer cajón y éste rodó con suavidad sobre sus guías, como si nunca hubiera pasado nada, como si solo fuera un cajón más de los cientos que había en esas oficinas, como si su contenido solo fueran carpetas azules con gomas elásticas.

Miró de nuevo el hueco oscuro del fondo de la gaveta. Ahora la lógica del razonamiento no parecía tan sólida, en su cabeza algo le estaba susurrando otra posibilidad, otra absurda, que le hacía latir el dedo herido. Se esforzó para no oírla, para hacer oídos sordos, no podía dejarse dominar por aquella especie de paranoia. Metió la mano pero no sin antes armarse; tomó un lápiz del cubilete que había sobre la mesa, era como la silla del domador de leones, como la vara del peregrino que sondea un arroyo antes de vadearlo, solo que él no era un domador de leones, ni un andarín precavido, solo era un oficinista atemorizado por una grapadora agazapada en un cajón, ver para creer.

Tanteo con la punta roma del lapicero, ¿qué esperaba, sentir la violencia de una dentellada?, aquello era todavía más ridículo. La madera tocó el fondo del cajón de contrachapado, lo movió hacia un lado y hacia el otro, esperando encontrar la grapadora pero no topaba con ella. Su improvisado bastón de ciego no encontraba nada que lo detuviera e iba de una gualdera a otra sin encontrar ningún obstáculo. No podía ser, maldita sea, no podía ser, hacia solo un par de minutos que él había tocado la grapadora, de hecho el corte que le latía en el dedo lo atestiguaba sin ningún lugar a dudas y ahora la dichosa grapadora simplemente se había esfumado. Retiró la mano del cajón y arrojó con rabia el lapicero y la volvió a meter con la decisión que da la desesperación de no creerse loco. Tanteo y nada, el hueco de detrás de las carpetas azules de gomas elásticas efectivamente estaba vacío. Iba a perder los nervios. En un arrebato empezó a sacar todas las carpetas tirándolas al suelo con descuido. El cajón quedó vacío a los pocos segundos...vacío, completamente vacío. Entonces, ¿qué había tocado, con qué, qué le había desgarrado la yema del dedo?

Tenía que serenarse, debía de haber alguna explicación para aquella locura, solo estaba fuertemente sugestionado, solo era eso, saldría, daría una vuelta, incluso se fumaría un cigarro. Un momento, él no fumaba, hacía más de tres años que no se llevaba un cigarro a los labios, sin embargo en esos momentos la idea del humo cálido y azulado le pareció la mejor solución para calmar sus nervios... Sí un cigarro le ayudaría a pensar. Bajaría al hall y buscaría a algún compañero para pedirle uno, o mejor casi, compraría una cajetilla y se fumaría un Lucky Strike en el baño a escondidas, sí mucho mejor a escondidas, donde nadie le vería la cara desencajada mientras fumaba y pensaba en aquella maldita grapadora. Pero antes devolvería las carpetas a su lugar, no podía dejar así el despacho, como el despacho de un loco...porque él no estaba loco, no aún.


Algo más calmo después de recolocar el cajón, se reclinó en su sillón y suspiró. La idea de comprar tabaco, de fumar, se había empezado a esfumar como el humo de ese cigarro que no iba a encender. Era un hombre adulto no se podía dejar llevar por el pánico. De todas formas un paseo no le vendría mal. Se apoyó en los brazos de nylon negro de su sillón para tomar impulso y levantarse, cuando sus ojos se pasearon por encima de la mesa de despacho. Allí estaba, sobre la encimera de melamina blanca, la grapadora le estaba mirando con su ojo remachado, mostrándole la sonrisa cromada, con la patilla de una grapa manchada de sangre sobresaliendo de ella. Allí, aguardándole, desafiante, como una morena metálica. Aquella era su guarida, su cubil, ella estaba antes que él y no la iba a echar, nadie lo haría…



FIN