NOSOTROS

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lunes, 13 de febrero de 2017

SANGRE #9




SANGRE #9
 

La sangre y los jugos del solomillo a medio comer han empapado las patatas fritas de guarnición dándoles un desagradable tono parduzco. Apenas si lo he probado, no tengo hambre, mentira. Me muero por comer, por beber.

El Café de Amable, que también hace las veces de restaurante del The Book Factory, es tranquilo, coqueto y al contrario de lo que pueda parecer la comida que sirven es apetitosa, pero en realidad, no lo elegí por ninguna de estas características. Simplemente volví al hotel como un autómata.


La visión de Laura me ha impactado como una bola de demolición. Aún tengo sobre impresionadas las retinas con la imagen su cuerpo postrado, cuajado de piezas de metal y torturado por el fuego, aún tengo su grito en forma de luz azul dentro de la cabeza. Luego está aquella señora, su madre, una mujer desmoronada, que no paraba de hablarme de un traslado, de un marido enfermo, de su hijo muerto y de su hija agonizante, con la desesperación y sufrimiento en los ojos. Pude ver en ella igual que el que se asoma a un pozo seco con un farol. Se aferraba a esa idea, de una forma irracional, como si de alguna manera pudiera recomponer los pedazos de sus vidas, como queriendo juntar los trozos que todavía le quedaban de su marido y de su hija, como si acercándolos los pudiera salvar a ambos.

No sabría decir el tiempo que estuve en la habitación, puede que un par de minutos o puede que más de diez, debí caer en una especie de trance, se hizo un paréntesis, donde el tiempo no avanzó, en el continuo transcurrir del tiempo surgió una pompa de nada, de vacío que atoró del reloj de Dios. Fue entonces cuando algo me sacó de él, algo deshizo la embolia temporal, porque si no probablemente aún estaría en aquella habitación, junto a ella, junto a mi amada Laura. Fue una percepción sombría, igual que una mancha de fuel-oíl que quisiera emponzoñar el mar, la luz azul que emitía Laura, cegar aquella baliza de auxilio. Se acercaba como algo negro y espeso, como una lava purulenta y fétida. Primero percibí el descenso en la intensidad de la señal de Laura, su grito se amortiguaba. Sentí la necesidad de salir de allí, porque si yo lo podía percibir, aquello fuera lo que fuese también podría percibirme a mí. Jamás en mi vida había percibido esa oscuridad, esa contundencia negra que no permitía ni un atisbo de luz a su alrededor. Era un agujero negro que la absorbía con una gula feroz y despiadada.



Me escabullí apresuradamente, con el corazón encogido. Ya no tengo dudas aquello era lo que Laura temía. Su grito no sólo era de dolor, también era un grito de terror hacía aquello, hacia su otro... ¿hermano?



Solo me crucé unos instantes con él, estaba a escasos veinte pasos, venía hacia la habitación acompañado de un doctor. Perfectamente trajeado con un dos piezas azul marino y corbata granate. El pelo negro abundante, engominado y peinado hacia atrás Tuve el tiempo justo para desaparecer por los pasillos del hospital en dirección contraria. no creo que reparara en mí, aparentemente sólo era un obrero más del termitero.



Tengo que saber el porqué de ese traslado, algo huele a podrido. Empujo el plato con desgana. Pago la cuenta y bajo al garaje, solo hay una forma de saber. Quizás aquella señora no lo sepa nunca pero me ha dado un hilo del que tirar, ahora debo seguirlo hasta encontrar la madeja. Tengo que ir a la Clínica Virgen de San Lorenzo.

‒ Buenas tardes. Necesitaba información sobre los servicios de la clínica.

‒ Buenas tardes. Un momento por favor.

La recepcionista es una chica joven. Tiene el pelo rizado y rubio. Está limpio, huele a jazmín. Es una mujer guapa, con unos grandes ojos marrones que le llenan casi toda la cara, aún más por el aumento de esas gafas de montura de pasta color rosa chicle que usa, son un toque rebelde en ese uniforme casto y de blanco inmaculado que lleva, me gusta. Vuelve después de haberme dejado en espera para poder atender una llamada telefónica.

‒ Buenas tardes otra vez. Perdone en qué puedo ayudarle?

‒ Quería información de los servicios del centro. Tengo un familiar enfermo y me han comentado que en esta clínica podría encontrar los servicios que necesita.

‒ Pertenece a alguna sociedad médica o vendría de forma privada?

‒ No. Sería de forma privada.

‒ Por favor, puede usted esperar ahí ‒ me comenta indicándome unos sofás de terciopelo verde, que están unos metros más allá, en un lateral de la recepción y apostilla ‒ En un momento vendrá una persona que le podrá ayudar.

Vuelve a levantar el teléfono y comunica con una extensión interna. La pequeña sala de espera está lo suficientemente lejos, para que no se puedan oír las palabras que la recepcionista susurra al micro del teléfono, pero para mis sentidos es como estar a unos centímetros.

‒” ¿Ana? Hola, en recepción tienes un señor esperando, solicita información para un ingreso...No, no es de ninguna compañía...Por cierto es muy guapo...jajajaja...”

No puedo verla llegar, pero el golpeteo de sus zapatos sobre el mármol del suelo me informa de que “Ana” se acerca. El sonido es de unos zapatos de tacón, no son demasiado altos, lo suficiente para estilizar su figura. Le deben sobrar unos kilos o eso o es muy alta. Espero a que esté más cerca para girar la cabeza. Su perfume podría matar a un sabueso a diez kilómetros. Lo reconozco es “París“ de Yves Saint Laurent. Me levanta dolor de cabeza. No es el más adecuado para una persona que trabaja en un centro médico, demasiado dulzón y fuerte.



‒ Hola, buenas tardes soy Ana Cuaresma directora comercial del centro.

‒ Buenas tardes. Luis Cavero. (Miento)



Me tiende la mano. Ya me he levantado y se la estrecho. El apretón es franco, me mira a los ojos. Está segura de sí misma. La mujer que me encuentro coincide con el patrón que me había formado. 1.70 curvas generosas y unos kilos de más que no le sientan nada mal. Morena, de bonitos ojos negros y melena lacia del mismo color. Debajo de la bata blanca desabrochada, lleva un traje de chaqueta de falda negro, que deja ver unas piernas bien torneadas de gimnasio. La blusa blanca con cuello Mao. La miró directamente a los ojos, sin retirar la mano, percibo una leve dilatación de sus pupilas. El apretón de manos se acaba un milisegundo después de lo que debería. Le gusto.



‒Tengo entendido que quiere usted informarse sobre los servicios que puede ofrecer nuestra institución. Si tiene la bondad de acompañarme a mi despacho.




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08 - The morning never came. En la pantalla del reproductor del Spider, parpadean las letras en un azul eléctrico, anunciando que la última pista del trabajo homónimo de Swallow The Sun se va a reproducir en un instante. Lo he escuchado completo un par de veces mientras he montado guardia. Estoy aparcado a 200 metros de la salida de la clínica. La música comienza a sonar en el momento justo en que ella sale. La directora se dirige a un Mercedes clase A gris metalizado. El parking de empleados está rodeado por una valla de metálica que me permite observarla con claridad, de cualquier modo podría rastrearla por su olor con los ojos cerrados. Arranco el motor y me dispongo a seguirla.



En los escasos veinte minutos que estuve en su despacho, representando el papel de cliente potencial, la observé analíticamente, intentando extraer toda la información que me ha sido posible en tan poco tiempo. Con toda probabilidad divorciada, y no hace mucho más de un año. Lo atestigua la marca que aún tiene en la palma de la mano derecha, debajo del dedo anular, donde la alianza de casada le hizo un pequeño callo, y que todavía no ha desaparecido del todo. Qué duda cabe, el comentario de la recepcionista también me dio una pista de su estado civil, pero aquello me lo ha confirmado, es divorciada y no soltera. También he percibido cómo se ha sentido atraída sexualmente por mí. He podido oler debajo de su perfume como su sudoración aumentaba, como su sexo lubricaba y también he podido oír cómo su corazón aceleraba una octava su compás, como su sangre corría un poco más rápido por sus arterias. No lo niego, es guapa, pero no estoy aquí por eso. Lo único importante es que ella debe estar al corriente de todas las entradas y salidas de la institución. No es una clínica tan grande como para que no conozca qué se cuece dentro. Sin embargo no puedo asaltar su mente sino está predispuesta a ser asaltada, no sin que se sintiera molesta. Aunque no supiera el porqué, hubiera tenido una reacción adversa hacia mí y no me puedo permitir no tenerla de mi lado. Ahora se ha convertido en una pieza esencial en el tablero de este oscuro juego.



La sigo a una distancia prudencial, mi coche no es vulgar, podría llamar la atención facilidad. Afortunadamente mis sentidos me permiten hacerlo. La clínica Virgen de San Lorenzo no está lejos del centro de Valladolid que es adonde se dirige la directora. Después zigzaguear por el casco antiguo unos minutos llega a su destino, Calle Zorrilla 3. Paso de largo, vuelvo al hotel, con una sonrisa pícara en los labios, no tengo tiempo que perder. He tenido un golpe de suerte, cuando su coche embocaba la calle de su domicilio, ha recibido una llamada, por fortuna nuestros vehículos no estaban a más de 20 metros, he podido oír la conversación. Ha quedado con unas amigas para cenar y luego tomar unas copas. Tengo que prepararme, ella no lo sabe pero esta noche tenemos una cita. La caza ha comenzado.




Continuará...


 
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